En la tesis de doctarado hice la sugerencia de hacer comparaciones contextualizadas, es decir, no sería «adecuado» comparar a Hitler con Calígula, tiranos de épocas y contextos diferentes, porque se vician los parámetros de comparación (aunque con imaginación todo es posible).
De niño leí el texto ilustrado por Daniel Picard y escrito por Augustin Drouet titulado Napoleón (1980) y no pude evitar sentirme fascinado. Después crecí y ya con madurez intelectual descubrí a Bolívar, que me encantó a través de la Antologíade Simón Bolívar de Miguel Acosta Saignes (1981). De alguna u otra forma nos llaman ciertos personajes, y hay que agregar que es inevitable idealizarlos.
¿Por qué comparar a Simón Bolívar con Napoleón Bonaparte? Simple, comparten épocas, tiempos, contextos, se prestan, confrontan NostrAmérica con Europa. Thomas Carlyle escribió un libro que se llama Los héroes (1841) en donde explica las características y vidas de 9 personajes que sintetizaban su modelo de heroísmo, «esencias eternas de la humanidad» que nos pertenecen a todos. Su modelo pasa por varias facetas, del héroe legendario hasta el «revolucionario moderno» (obviamente no llegó a conocer el siglo XX ni consideró heroínas). En ese último capítulo le da un lugar especial a Cronmwell y a Napoleón, no menciona a George Washington ni mucho menos al gran Libertador: Simón Bolívar, tal vez porque no supo de él.
Napoleón provino de una familia humilde, nació en la isla de Córcega, que hacía poquito tiempo Francia la había adquirido de Italia, de ahí probablemente vino su ascendencia latina o carácter italiano, por eso le apodaban «el corso» y en la escuela se burlaban de su acento. Bolívar provino de una familia adinerada que se remontaba al país vasco, tal vez de ahí su espíritu de lucha y de libertad, familia que se acomodó en Caracas, colonia de España. En sus primeros años, Napoleón era retraído, Bolívar extrovertido.
Foto y montaje realizado por El Nuevo Siglo, 2019.
Napoleón aprovechó la Revolución Francesa para ascender en la jerarquía militar, destacando por su valor, entrega y estrategia, Bolívar hizo la Revolución americana de la mano de su ascenso militar. Napoleón creía en el imperialismo, y con esa idea fue a Egipto, Bolívar creía en el federalismo. Napoleón conquistaba, Bolívar libertaba. Napoleón se coronó emperador, lo convenció la idea de la monarquía, Bolívar siempre se opuso a la monarquía, creía firmemente en la república, lo cual discutió en Guayaquil a puerta cerrada con San Martín.
Indalecio Liévano en su libro Bolívar (1983) describe la impresión que el Libertador tuvo de la coronación de Bonaparte como emperador de Francia. Bolívar estuvo presente en aquel evento realizado en la catedral de Notre-Dame en 1804, y dijo: «La corona que se puso sobre la cabeza la miré como cosa miserable y de moda gótica».
Sin embargo, Napoleón no era un tirano cualquiera, creía en las leyes, al igual que Bolívar. Esto que Roberto Breña, a partir de Francois-Xavier Guerra, denomina «fe constitucional» y que en cierta medida es producto de las ideas ilustradas: Napoleón promovió la promulgación del Código Civil en la Francia pos-revolucionaria, lo que después influyó en varios países europeos. Bolívar participó en múltiples sesiones de congresos constituyentes de los países por donde pasaba, y llegó a redactar la Constitución de Bolivia.
Napoleón puso a sus pies a más de la mitad de Europa, espacio de territorio más pequeño que los 6 enormes países (si contamos a Panamá) que Bolívar emancipó. Napoleón no concedió la libertad a los esclavos de Haití, que derivaba de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, y los haitianos se vieron obligados a luchar por su independencia en contra de los franceses, que obtuvieron en 1804. Bolívar, que fracasó en su primer campaña de emancipación, tuvo que rehacer sus fuerzas en ese Haití libre, el presidente Petión le ofreció ayuda en hombres y provisiones bajo la condición de que el caraqueño liberara de la esclavitud a todos los negros (afro-americanos) que encontrara en su camino, y así lo hizo.
Napoleón y Bolívar cambiaron la faz y el rumbo político de dos continentes respectivamente. Napoleón afrancesó y llevó los ideales de la Revolución Francesa a todos los países conquistados (tal vez Rusia fue la excepción). Bolívar llevó sus ideales republicanos y de libertad a la mitad de Sudamérica, y poco le faltó para realizar su sueño de una gran federación americana, que incluiría desde Argentina hasta México: la Patria Grande. Para ello insistió en sacar adelante el Congreso de Panamá en 1826.
En gran medida Gran Bretaña contribuyó a acabar con Napoleón. Del mismo modo, Gran Bretaña, junto con los Estados Unidos de América, dieron al traste con el proyecto federativo latinoamericano, metiendo su cuchara en el Congreso de Panamá y en cada uno de los países.
Napoleón murió en el exilio en 1821, como rey de una isla, la de Santa Helena. En Brasil, un grupo de radicales estaba planeando su rescate para que encabezara una revolución en Pernambuco en 1817, pero fueron delatados. Bolívar murió en casa ajena, en la cama de un español en Santa Marta, al norte de Colombia, en 1830. El autor Arnaldo Vieira de Mello en su libro Bolívar, el Brasil y nuestros vecinos del Plata (1963) detalla el plan que tenía Bolívar y sus allegados para marchar en contra del Imperio de Brasil, acabar con la monarquía y hacer todo un continente republicano en 1824. El emperador Pedro I tenía miedo de la supuesta fuerza de 12 mil hombres que comandaría Bolívar, lo cual sería la ruina del sistema esclavista brasileño, pero el plan no se llevó a cabo, en parte por los consejos del enviado británico y de las convulsiones en la Gran Colombia.
Ambos, Bolívar y Napoleón, murieron decepcionados.
A su vez, George Washington se encargó de independizar las colonias inglesas en América, pero no llegó a Canadá, se enfocó únicamente a la costa Este de los Estados Unidos de América, y no participó en la redacción de la Constitución de los EUA, únicamente presidió el Congreso que la redactó. Washington fue el primer presidente del primer país independiente de América. Bolívar encabezó la gesta de independencia de las colonias españolas del sur de América, contó con los importantes apoyos de personas como San Martín y Sucre, y fue presidente de Bolivia pero no ejerció todo el periodo de gobierno porque fue llamado a poner orden en Colombia. Bolívar siempre rehusó ser el monarca que sus admiradores le ofrecían ser, al igual que el ejemplo de los EUA, creía en la federación.
Simón Bolívar tuvo un gran maestro, como Alejandro Magno tuvo a Aristóteles, que fue Simón Rodríguez, hijo de la Ilustración, quien llegó a escribir: «la educación es subjetiva, no radica en la semilla que arroja el maestro, sino en lo que germina en el educando».
Por todo lo arriba dicho, me gusta poner a Bolívar por encima de Napoleón y de George Washington.
Reproducción y detalle del mural de Fernando Leal, La epopeya bolivariana, 1930.
(Alberto Abello publicó un texto en línea en El Nuevo Siglo titulado «Vidas paralelas de Napoleón y Bolívar», preocupado más por destacar puntos de contacto que los acerquen, y darle continuidad a un discurso sobre la lucha de independencia del pueblo español en contra de las fuerzas napoleónicas, en lugar de poner a uno por encima del otro y no reconocer la grandeza del Libertador: https://www.elnuevosiglo.com.co/articulos/05-2019-vidas-paralelas-de-napoleon-y-bolivar )
Fui a la Cineteca Nacional, al sur de la ciudad de México, a ver la película documental Algo quema, dirigida por Mauricio Alfredo Ovando, Bolivia (2018). Es una cinta que retrata varios momentos de la vida cotidiana, pública y privada del general Alfredo Ovando Candía, rescata grabaciones de audio y de video familiares muy íntimas, con entrevistas a su viuda, su hija y su nieta. La película se pone interesante cuando, de las escenas familiares, del abuelo cariñoso, del padre apacible, del presidente humilde y del candidato del pueblo, se pasa al dictador, al represor, al influyente político, al asesino y, lo que llamó mi atención, a ser la voz opuesta al asesinato de Ernesto Che Guevara.
Cartel de la película Algo quema (2018)
Quien dio la orden de matarlo una vez que estuvo preso en La Higuera, Bolivia, en octubre de 1967, fue el sucesor de Ovando Candía, el presidente René Barrientos. Es interesante que la viuda de Ovando recuerda que hubo una reunión de Estado Mayor para decidir la suerte del guerrillero, y que de todos los comandantes que decidieron su liquidación, el general Zenteno y su entonces esposo fueron los únicos que votaron en contra. El general Ovando argumentó que al matarlo harían del Che un mártir o lo endiosarían (y así sucedió), según palabras de la viuda.
Remake de la foto del Che muerto en Valle Grande, autor desconocido.
La maldición de la muerte del Che acompañó a los involucrados en su asesinato como escribió Jon Lee Anderson en su libro Che Guevara, una vida revolucionaria (1997). Incluso el general Zenteno del que nunca se supo su complicidad en el asesinato del revolucionario, aunque estuvo presente cuando dieron la orden, murió a tiros en París en 1976. En el mismo helicóptero en que fue trasladado el cuerpo del Che (de La Higuera a Valle Grande para ser fotografiado por los medios), murió el presidente Barrientos en Cochabamba en 1969. Este accidente aéreo parecía ser un atentado dirigido por el general Ovando, quien tuvo que huir con su familia rumbo a Madrid, su hija, la Techis, narra en la película cómo tuvieron que salir apresurados de Bolivia.
Conforme avanza la película el general Ovando es involucrado en las masacres, entre otras, de San Juan y de Teponte, cometidas por militares y ordenadas desde arriba. La entrevista con Yeri, la nieta, es interesante cuando narra que un profesor de la universidad le preguntó su opinión sobre el general Ovando después de revisar un texto sobre su dictadura, ella se sentía contrariada a responder porque se trataba de su abuelo. Yeri se molestaba con los mariguanos hippies de la universidad que la increpaban por ser “la nieta de un asesino”, a lo que ella les respondía: “no me echen los muertos encima”. Como para redimirse consigo misma le puso a su hijo, el bisnieto del general Ovando, el nombre de Ernesto, en honor al Che.
Al finalizar la película, aparece la escena de una mano con unos cerillos y dos voces en off que se confiesan sobre el pasado y vida del abuelo que quema sobre los nietos. La escena hace las veces de una especie de revisionismo histórico, ese que revisa en los círculos académicos y literarios de varios países las dos caras de un mismo personaje histórico tan contrariado. Al salir de la sala me quedé pensando en la división que todavía confronta familias argentinas con respecto a Juan Domingo Perón, la división entre chilenos por Augusto Pinochet o la actual discusión entre brasileños porque Jair Bolsonaro quiere conmemorar la dictadura militar de 1964.
En México la figura represora de los sesenta es Gustavo Díaz Ordaz, que no provoca una división tajante entre los mexicanos a primera instancia. A la hora de ser juzgado se le califica de “asesino”, y no sin razón, pues fue responsable de la represión, encarcelamiento y desaparición de varios jóvenes miembros del movimiento estudiantil que se habían levantado en huelga, también sabía de los pormenores de la matanza de estudiantes en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968. Sin embargo, en el aspecto económico siempre suele destacarse que México alcanzó un crecimiento del 7%, y esto se ve como un logro de su administración.
La venganza de los hippies cayó sobre Díaz Ordaz, «decían que el presidente detestaba a los greñudos porque su hijo Alfredito le salió mariguano y seudorrocanrolero», señala José Agustín en La contracultura en México (1991). De acuerdo con información de internet, Alfredo trajo al grupo The Doors a tocar a México en junio de 1969. Después del show la fiesta se hizo en Los Pinos, la residencia del presidente, y Díaz Ordaz tuvo que bajar en bata de dormir para acabar con la fiesta en la que su hijo y Jim Morrison estaban fumando mariguana. Eloy Garza en “Revelaciones inéditas sobre el encuentro de Jim Morrison con Díaz Ordaz”, cuenta que el cantante orinó en una pared que tenía el retrato de Venustiano Carranza (figura destacada de la Revolución Mexicana).
Jim Morrison en Teotihuacán (1969). Autor desconocido.
El sucesor de Díaz Ordaz fue Luis Echeverría Álvarez, quien inició propiamente la Guerra Sucia en México, una guerra de baja intensidad y secreta que promovía el gobierno en contra de la oposición política, desapareciendo a miles de personas en todo el país. La otra cara de estos dos periodos de gobierno fue el impulso económico que dejó huella en la memoria de muchos mexicanos: auge económico, funcionamiento de la maquinaria institucional, las prebendas sociales y buenas prestaciones a la burocracia mexicana hacen que gran parte de la población entre los 50 y los 70 años de edad añoren esa época de bonanza que vivieron con el Partido Revolucionario Institucional (PRI), del que formaban parte ambos presidentes. Pero no podemos olvidar su contraparte corrupta, represora y asesina. Como el caso del general Ovando, amado y odiado por muchos.
La película Algo quema retrata en gran parte estas dos caras de un personaje político que bien puede trasladarse a otros gobernantes de América Latina. Trata el asunto de la figura del Che Guevara como emblema de la juventud y de la revolución, de la confrontación de una generación con otra (los padres contra los hijos o nietos), de elementos compartidos por muchas personas que fueron jóvenes a finales de 1960, como lo fue la música (en la película suena la canción Nevando Está de los Bonny Boys Hots), y que finalmente nos recuerdan que todavía falta mucho por hurgar en ese pasado oscuro de las dictaduras que es nuestro también.
Historia comparada Brasil-Hispanoamérica, siglo XIX
Augusto Ballerini. Muerte del coronel Brandsen en la batalla de Ituziangó. Siglo XIX.
Las cinco cuestiones:
Al comparar las similitudes y diferencias del proceso de independencia de Brasil con el de Hispanoamérica distinguimos cinco cuestiones que se han vuelto clásicas:
1. Las
posesiones españolas en América se fragmentaron en varias repúblicas cuando se
independizaron, en cambio, las posesiones portuguesas se aglutinaron en un gran
país llamado Brasil.
2. La América
lusitana no poseía universidades como los virreinatos españoles, de donde surgieron
los líderes de la insurgencia con un pensamiento más revolucionario y radical, por
consiguiente:
3. La
independencia del Brasil fue más fácil, más corta, menos violenta y complicada
que la de Hispanoamérica, pues las elites luso-brasileñas no buscaban alterar
el orden colonial ni los privilegios sociales.
4. Mientras que
en Brasil se instauró la forma monárquica de gobierno, estable y centralizada, en
Hispanoamérica se estableció la república, inestable y revolucionaria, y finalmente:
5. En Brasil
sobrevivió por mucho más tiempo la esclavitud, a diferencia de Hispanoamérica,
donde se abolió con la revolución de independencia.
El
siguiente trabajo busca problematizar la interpretación histórica que ha resultado
a raíz de estas cinco cuestiones a la hora de comparar los dos procesos de
independencia. Mostramos los argumentos que ponen en evidencia estas cuestiones
porque han promovido medianamente una manera “tradicional” de interpretar el
proceso, una comparación que podemos llamar “clásica”. Desarrollamos cada uno
de los cinco puntos para evidenciar más similitudes que diferencias entre la
independencia de Brasil y la de la Hispanoamérica, y cerramos finalmente con
una opinión extraída de estas observaciones.
La
América española no se separó
¿Por qué Brasil
no se fragmentó en diversos países y mantuvo la unidad después de su
independencia como en su época colonial? Es la pregunta que Boris Fausto se
hace a la hora de comparar la independencia de Brasil con la de la América
española.[1]
Antes,
debemos entender que las posesiones lusitanas en América estaban divididas en varias
capitanías, después se conformaron dos grandes estados, el de Gran
Pará-Maranhão y el de Brasil, que finalmente fueron integrados en uno solo a
finales del siglo XVIII por disposición del marqués de Pombal.[2]
Con
esta disposición, fue designado un vice-rei
para todo el Brasil, un gobernador general, el equivalente al virrey que
imperaba en los virreinatos españoles, encargado de gobernar en todo el
territorio que la corona de Portugal poseía en América. A pesar de que cada
capitán de provincia respondía directamente ante Lisboa y existían muy serias
dificultades de comunicación entre las provincias más alejadas y distantes
(como sucedía también en los grandes virreinatos españoles), en teoría, el vice-rei o gobernador general se
encargaba de toda la colonia portuguesa.
Éste
era un serio proyecto de integración de todas las posesiones lusitanas de
América, a diferencia de las españolas, que estaban divididas en varios
virreinatos. Ambas políticas metropolitanas surgieron del absolutismo
ilustrado, con el que España subdividió sus virreinatos en intendencias, y que no tuvo equivalente en Brasil.[3] Así
como hubo un vice-rei o gobernador
general que vivía en Río de Janeiro para regir en todo Brasil, había un virrey
en la ciudad de México para toda la Nueva España, un virrey en Bogotá para toda
la Nueva Granada, un capitán general en Caracas para Venezuela, otro capitán en
Santiago para Chile, un virrey en Lima para todo el Bajo Perú y otro virrey en
Buenos Aires para todo el virreinato del Río de la Plata.
Es
decir, la Corona española efectuó la separación jurídica y política de sus
posesiones en América para administrarlas mejor, mientras que la Corona
portuguesa decidió unirlas con el mismo fin y para proteger la extracción de
metales de Minas Gerais, de ahí que la medida del marqués de Pombal sea el
antecedente político más antiguo de la integración brasileña. La América
española no se separó con el proceso de emancipación, ya estaba separada con
antelación. La división en virreinatos ya estaba presente antes de su
independencia, en cambio, la América lusitana estaba iniciando su proceso de
integración, de manera que habría que descartar la idea de la balcanización de
Hispanoamérica como consecuencia del proceso de emancipación.[4]
El
mito de las universidades
En más de una
ocasión la historiografía brasileña ha mencionado la ventaja de los virreinatos
españoles de poseer centros universitarios a la hora de independizarse, y más
que nada a la hora de suministrar burócratas preparados y políticos educados a
los nuevos Estados independientes.[5]
Los
lusos nacidos en Brasil y los brasileños privilegiados que deseaban continuar
sus estudios superiores tenían que ir a la Universidad de Coimbra en Portugal,
o en su defecto a la de Montpellier en Francia, para poder formarse como
teólogos, abogados o médicos, pues la Corona portuguesa negó a su colonia el
privilegio de tener una universidad. En cambio, en los dominios españoles se
establecieron multitud de universidades desde el siglo XVI, como la de México; la
de San Marcos en Lima, Perú; de San Francisco Xavier en Chuquisaca, Bolivia; de
Córdoba en el Río de la Plata; de San Carlos en Guatemala y otras tantas en
Cuba, Ecuador, Venezuela y Santo Domingo.
Además
de leer a los clásicos, en estos centros universitarios se estudiaba latín, francés
e inglés, por ello se tiene la idea de que las doctrinas ilustradas, los libros
de los filósofos franceses y de economía política de autores ingleses,
holandeses o italianos, llegaban y se difundían en las universidades coloniales
con mayor facilidad. Sin embargo, estos centros de enseñanza fueron creados por
cédulas reales que emitió la Corona española y, como consecuencia, las
universidades eran lugares cerrados, conservadores y jerárquicos, en donde
difícilmente se discutían nuevos autores o las últimas teorías políticas, porque
las universidades virreinales no eran espacios abiertos de discusión. Por eso, la
Universidad de México condenó y rechazó el movimiento independentista.[6]
De
la misma manera fueron prohibidos los libros de los filósofos franceses por la
Inquisición española, situación intelectual previamente debilitada con la
expulsión de la Compañía de Jesús, en 1759 de las posesiones portuguesas y en
1767 de las españolas. Según José Murilo de Carvalho, esta orden fue probablemente
mucho más receptiva y divulgadora que otras de las ideas constitucionalistas y
del tiranicidio.
Existe
la idea de ser las universidades coloniales españolas fuente de líderes
revolucionarios o insurgentes, como Miguel Hidalgo en México, pero a veces nos
olvidamos que muchos de estos insurgentes no adquirieron ideas ilustradas por
ser estudiantes universitarios, sino por leer obras prohibidas clandestinamente,
por reunirse en logias masónicas, gabinetes de lectura o reuniones con amigos
“más liberales”, donde se difundían las lecturas ilustradas, como sucedió del
mismo modo en Brasil.[7]
El
Seminario de Olinda en Pernambuco llegó a ser más adelantado filosóficamente
que muchas de las universidades hispanoamericanas de la época. Reunía diversas
disciplinas filosóficas y científicas como parte de un proyecto ilustrado más
avanzado. Instalado en el año de 1800 para que los hijos de las familias
luso-brasileñas distinguidas no tuvieran que ir a Coimbra a educarse, la
creación del Seminario de Olinda respondió a la política del ministro Rodrigo
de Sousa Coutinho de fundar las bases de una política y una ideología del
imperio portugués a través de la educación.[8]
El
Seminario de Olinda fue semillero de líderes revolucionarios con ideas
radicales, por ejemplo, los padres Miguel Joaquim Miguelinho de Almeida e Castro y Frei do Amor Divino Caneca, mejor
conocido como frei Caneca, José
Inácio Ribeiro de Lima e Silva, alias padre
Roma y José Antônio Caldas, el padre
Caldas, entre otros, que integraron las filas de movimientos subversivos y
republicanos en el Nordeste brasileño y en contra de la autoridad real a
principios del siglo XIX.[9]
Por
su parte, las universidades coloniales españolas se mostraron generalmente
conservadoras y renuentes ante los movimientos de independencia, porque
formaban parte de los intereses privilegiados y las distinciones estaban
vinculadas al poder virreinal, siendo los frailes seculares quienes se
comprometieron con la lucha. Los estudiantes hispano-americanos de estas
universidades generalmente venían del mismo virreinato o de provincias próximas
a estudiar, mientras que los brasileños que estudiaban en la Universidad de Coimbra
o al Seminario de Olinda venían de diversas partes del Brasil.
Lo
anterior dio pauta a lo que Benedict Anderson llama el peregrinaje administrativo
o, como dice José Murilo de Carvalho, el entrenamiento. Este peregrinaje administrativo
o entrenamiento consistía en llevar a diversos funcionarios por el sendero de
la administración territorial, pasando por varios cargos hasta llegar a las
cimas de la burocracia. Por ejemplo, graduado en Coimbra se podía empezar en el
peldaño más bajo como juez de paz en un pueblo de Bahía, pasar a ser gobernador
de Angola y terminar en la Corte de Lisboa como ministro o secretario, esto proporcionaba
una perspectiva más amplia de la monarquía a la cual se pertenecía y se
inculcaba un sentimiento de lealtad a la Corona en los involucrados.[10]
Sérgio
Buarque de Holanda opina que la ventaja de tener universidades en América privó
a los criollos hispanoamericanos de viajar a Europa, esto es, de “mirar el
mundo”.[11] El
peregrinaje administrativo o entrenamiento burocrático fue una característica
que raras veces compartieron los hispanoamericanos, porque el simple hecho de
tener universidades en sus mismos virreinatos les impidió tener un sentido más
amplio de la unidad continental y pudo nublarles la vista de la extensión territorial
del imperio español en América, Asia y Europa. Simón Bolívar, junto con otros
pocos, fue excepción de los hispanoamericanos que “vieron mundo”.
El
hecho de que en la America española hubiera más universidades que en la América
lusitana no significó que los movimientos de independencia fueran más
revolucionarios o radicales en cada región, los centros educativos tuvieron
otro papel en estos movimientos, así como los gabinetes de lectura y las
logias, donde se discutieron lecturas diferentes en ambas Américas.
Brasil
también fue violento y complicado
Debemos dejar de
lado la clásica interpretación que afirma que la independencia del Brasil fue
fácil y corta con respecto a la de Hispanoamérica, pues ambas pasaron serias dificultades.
Los historiadores brasileños optan ya por entender la independencia de Brasil
como fruto de una lucha y no de un consenso general o de un acuerdo entre
aristocracias, aclarando que en esta lucha un grupo o una elite prevaleció por
encima de las provincias insubordinadas, derrotó a la facción que deseaba
instaurar la república en Brasil y a las fuerzas que permanecían fieles a
Portugal.
Tampoco
debemos adelantar la idea de ser la independencia del Brasil un proceso corto y
de pocos años. Algunos historiadores prolongan la consumación de la
independencia no sólo a la derrota los movimientos reaccionarios pro-portugueses
en Río de Janeiro, Salvador de Bahía y Belém, sino hasta que el emperador Pedro
I abdicó en 1831, por ser portugués y no brasileño. El historiador Boris Fausto
afirma que entre los años de 1822, año de la independencia, y 1840, año del
ascenso de Pedro II al trono, hubo fluctuaciones, rebeliones e intentos por
organizar el poder, y que viene a ser el largo proceso de independencia de
Brasil.[12]
Buena
parte de la historiografía brasileña consideró que el proceso de la
independencia tuvo su inicio con la llegada de la Corte portuguesa a Brasil, en
1808, tesis lo suficientemente estudiada y debatida. Pero a partir del discurso
historiográfico brasileño del siglo XX podríamos ver que llaman la atención las
aspiraciones independentistas de la Inconfidencia Mineira en 1789, la revuelta de los Alfaiates en 1798, la conspiración de los Suassunas en Pernambuco
en 1801 o el levantamiento de Alexandre Luís de Queirós e Vasconcelos en Rio
Grande do Sul en 1803, expresiones consideradas antecedentes, no tanto por ser de
índole republicana sino por intentar luchar por la libertad local en contra de
la dominación colonial.
El
largo proceso de la independencia de Brasil pasa por la Revolución de 1817 en
Pernambuco, el contagio revolucionario que Gervasio Artigas llevó de Uruguay a
Rio Grande do Sul y la posterior absorción de Uruguay por Brasil, los efectos
de la Revolución de Oporto de 1820, la problemática del Fico, el grito de Ipiranga, las fricciones entre Pedro I y los
diputados de la Asamblea Constituyente, para finalmente culminar con la derrota
de los disidentes en San Luis de Maranhão en 1823. Si nos adelantamos y
exageramos un poco, bien podríamos considerar un proceso independentista de
cerca de treinta años.*
A
su vez, podemos identificar antecedentes de independencia y nacionalismo en el
Río de la Plata con las invasiones inglesas de 1807 y 1808. Siendo honestos, la
independencia en Buenos Aires estaba consolidada de hecho desde que inició la
Revolución de Mayo de 1810 y de derecho con la declaración del Congreso de
Tucumán de 1816, pues no hubo mayor ofensiva española. Lo que siguió fue
prácticamente una guerra entre americanos, una guerra civil, pues la
resistencia española se desplazó a Montevideo y al Alto Perú. En Uruguay, el
movimiento ya estaba consolidado cuando Artigas liberó el interior y sólo la
ciudad de Montevideo oponía resistencia, fue cuando interfirieron los luso-brasileños
en 1811 y 1817. Uruguay logró independizarse en 1828 aprovechando la Convención
de Paz entre el Imperio del Brasil y las Provincias Unidas del Río de la Plata,
lo demás se convirtió en una lucha de facciones políticas. El caso de Paraguay fue
muy especial, era prácticamente independiente desde 1810, o mejor dicho, desde
que sus ejércitos derrotaron a las tropas argentinas de Manuel Belgrano en
1811, con lo cual se apartaron de la ola revolucionaria de Buenos Aires y
también de la débil sujeción europea que prácticamente era inexistente en
Asunción.
En
Nueva Granada se establecieron con relativa facilidad juntas autónomas y
republicanas. Muy pronto, en Caracas, Bogotá y Quito se pronunciaron contra la autoridad
colonial desde 1810. Aunque fue reducida rápidamente en 1812 en Venezuela y
Ecuador, la insurgencia fue apagada con la llegada de la fuerza expedicionaria
española de Pablo Morillo en 1815, que dejó incapacitado el movimiento independentista
por cuatro años. Hasta 1819 Simón Bolívar consiguió varias victorias
contundentes en lo que hoy es Colombia y en poco tiempo aceleró la liberación
de Venezuela en 1821, y la de Ecuador en 1822, lo que siguió fue una guerra
entre facciones políticas opuestas. Siendo exigentes, el proceso de
independencia en esas regiones no fue mayor a diez años, en medio del cual hubo
treguas entre los bandos y años de calma que interrumpieron la lucha armada.
Perú
tuvo que esperar la llegada de los contingentes libertadores de José de San
Martín primero y de Bolívar y Sucre después, a su vez, Bolivia pasó por un
periodo de guerra de guerrillas, restauración realista y por último, una rápida
y breve lucha por la liberación. Tal vez y desde esta perspectiva, el proceso
de independencia en Hispanoamérica que más demoró, junto con Perú y Bolivia,
fue el de Nueva España, lo que después se convirtió en México. Hubo un intento
de autonomía en la ciudad de México 1808, pero su revolución inició formalmente
el 16 de septiembre de 1810 y finalizó en septiembre de 1821. Podemos
preguntarnos, ¿tomó el mismo tiempo el proceso de independencia en Brasil que
en Hispanoamérica? La historiografía brasileña consideró el proceso de
independencia de varios países hispanoamericanos como duraderos, al ignorar que
esta lucha se mezcló o fue continuada por la lucha de facciones o guerra civil,
y que en muchos casos fue simultánea: «[Colombia] se vio metida en una guerra
civil incluso antes de conseguir la completa independencia».[13]
La
lucha de facciones en Brasil también tomó dimensiones violentas y trastornadas.
Fue resultado de la arena política de tres grupos, los moderados, que después se
alinearon a los conservadores, y los liberales o exaltados. En medio de esta
lucha de facciones habría que mencionar varios enfrentamientos violentos y
complicados: la pugna entre el “partido” portugués y el brasileño durante y
después de la independencia; la Confederación de Ecuador de 1824 abatida por
Pedro I y los disturbios y motines que se registraron en Rio de Janeiro en
abril de 1831. Después vinieron los intensos movimientos rebeldes provinciales y
de índole autonomista que presenció el periodo de la Regencia: la Cabanagem en Pará, la Sabinada y Revuelta de los Malês en Bahía, la Balaiada en Maranhão, el movimiento liberal en San Pablo y Minas
Gerais de 1842 y la Revolución Farroupilha
en Rio Grande do Sul. En todas ellas el poder central se vio en dificultades
para someterlos, lo que finalizó con la derrota de la Revolución Praieira en 1848, y hasta este momento el
Imperio brasileño pudo ordenar su política interna y consolidar la
centralización de su Estado monárquico. Caio Prado Junior opina que la abdicación
de Pedro I hasta 1831 forma parte del proceso de independencia y los movimientos
rebeldes provinciales son fruto de ella.[14]
La
primera mitad del siglo XIX es un periodo de desequilibrio político en Brasil, al
igual que en las repúblicas hispanoamericanas, durante el cual podemos
adjudicarles a ambos el calificativo de inestables y revolucionarios, y dejar
de pensar en una estabilidad política del Brasil frente a sus países vecinos. No
sería ya creíble admitir que el desarrollo independiente del Brasil fue un proceso
“natural” de transición de un estadio a otro: de colonia a país independiente. En
realidad, la lucha de facciones de la primera mitad del siglo XIX manchó la imagen
de toda Iberoamérica bajo el signo del desorden y la inestabilidad política, en
donde uno de los dos grupos, liberales o conservadores, se negaba a perder sus
ventajas políticas en la lucha por el poder, y en donde las provincias
exigieron autonomía.
Hispanoamérica
centralizada
La
historiografía brasileña también se ha dedicado a estudiar la centralización
que la facción conservadora impregnó al Imperio de Brasil. Desde un principio
Pedro I se tomó la libertad de suspender la Asamblea Constituyente y redactar
con un grupo de allegados la Constitución de 1824, que subrayaba el carácter
monárquico y absolutista de su administración. Se promulgó entonces el Poder
Moderador, propio, único y exclusivo del emperador, regulaba al poder legislativo,
vetaba leyes, deponía ministros y designaba presidentes de provincias según lo
creyera conveniente.[15]
Pedro
I gobernó cerca de 9 años hasta que abdicó, le siguió entonces el periodo de la
Regencia que llevó al Brasil a “experimentar” la forma republicana hasta 1840, año
en que un consenso político entre las facciones se encargó de echar atrás las
reformas liberales de ese periodo, restauró el Poder Moderador, el Consejo de
Estado y coronó al joven heredero como el emperador Pedro II, retornando al
régimen monárquico.
A
partir de este momento, la estrategia política de Pedro II consistió en colocar
en el gabinete de gobierno a la facción que más le convenciera, liberal o
conservadora, ejerciendo el papel de árbitro. Aunque en realidad, las
discusiones para votar medidas de gobierno se realizaban en un Consejo de
Estado, donde se reunían con el emperador los miembros del gabinete y los
ministros para tratar de los asuntos más importantes, ahí, el monarca tenía la
última palabra. Pedro II gobernó 49 años bajo un régimen monárquico, esclavista
y paternalista, en el que el poder emanaba verticalmente pero dejaba espacio
para disfrutar de ciertas garantías liberales como la libertad de prensa (aunque
más de una vez la suprimió durante la revolución Praieira en Pernambuco, poco antes de la guerra contra la
Confederación Argentina en 1852 y durante toda la Guerra del Paraguay). Pedro
II también disolvió la Cámara de Diputados en dos ocasiones.
A
su vez, algunos líderes políticos en Hispanoamérica se vieron obligados a
establecer gobiernos fuertes y centralistas para sujetar a caudillos rebeldes o
políticos de facciones opuestas y a las provincias disidentes. Fue esto lo que
realmente evitó que las provincias más rebeldes y federalistas de muchos de los
países hispanoamericanos se separaran, subdividiendo aún más estas repúblicas.
A partir de 1816 José de San Martín empezó a hablar de la inexperiencia política
de los argentinos y de los chilenos para poder constituirse por sí mismos y se
manifestó varias veces a favor de un gobierno monárquico como el más adecuado
para Chile y Perú. José Gaspar Rodríguez de Francia, quien se educó en la
Universidad de Córdoba, inició sus discursos a favor de las masas y del pueblo,
pero ejerció una fuerte dictadura centralizada en Paraguay que duró cerca de 24
años, aisló al país para evitar el contagio revolucionario y para mantener «el orden,
la subordinación y la tranquilidad». En Chile, Bernardo O´Higgins estaba
convencido de que la dirección económica del país debía estar bajo el control
del Estado y hacia 1822 tenía intenciones de convertirse en director supremo
para gobernar los próximos diez años.
Simón
Bolívar siempre se expresó en contra de la monarquía como un régimen de
gobierno adecuado para América, pero sus ideas de un gobierno central fuerte y
unido fueron claras. Así lo expuso en los congresos de Angostura y de Cúcuta,
pero sobre todo en la Constitución que escribió para Bolivia, donde estableció la
presidencia vitalicia. Habló con desprecio de los federalistas colombianos y
venezolanos que buscaban sacar provecho de los privilegios locales y
desconocían la composición social de sus países. Cuando se le pidió regresar a
Colombia para dar solución al desorden en 1825, respondió: «Yo no serviré en la
presidencia mientras no ejerza las facultades ilimitadas que me concedió el
congreso, porque estoy íntimamente convencido de que la república de Colombia
no se gobierna con prosperidad y orden sino es con un poder absoluto».[16]
Gran
parte de la elite criolla que había conducido la independencia en Hispanoamérica
se sintió sobrepasada con la implementación de principios democráticos y
liberales. Quien fuera un extremado radical en Buenos Aires hacia 1810, cambió
de opinión diez años después, cuando ejerció la administración en Perú:
Bernardo Monteagudo, abogado por la Universidad de Chuquisaca, escribió en 1823
una Memoria sobre los principios
políticos de mi administración en el Perú, mejor conocida como Memoria de Quito, donde plasmó su
desilusión por la afinidad entre revolución y democracia que antes creía
inseparables, llegando a considerar al federalismo y a la democracia como los
más graves errores del proceso de independencia.
El
primer principio de Monteagudo en su administración fue el de eliminar a los
españoles y combatir su influencia en el virreinato del Perú. El segundo
principio, que debe llamar nuestra atención, fue el de restringir las ideas
democráticas en Perú por la siguiente razón: la moral popular de los peruanos era
la de un pueblo esclavo, que carecía de ilustración, tenía una mala
distribución de la riqueza y gran aversión racial entre la sociedad, por lo que
proponía establecer un gobierno fuerte para gobernarlo. El tercer principio que
Monteagudo siguió fue el de fomentar la instrucción pública y así introducir a
las generaciones peruanas en el mundo ilustrado. Y por último, su cuarto
principio fue el de promover un gobierno constitucional, que no era contrario
al gobierno fuerte y a la reducida representatividad que proponía.[17]
A
raíz de la independencia y sobre todo de las luchas entre las facciones
políticas, surgieron vigorosos o audaces caudillos en Hispanoamérica que
consiguieron de una u otra forma estabilizar sus países por medio de gobiernos
fuertes y autoritarios. La crítica a la Hispanoamérica recién independiente es
que se encumbraron dictadores en países donde se pregonó la república como
forma de gobierno. Fue el caso de Antonio López de Santa Ana presidente de
México en once ocasiones, el mariscal Andrés Santa Cruz que estuvo en el
gobierno de Bolivia por diez años, Carlos Antonio López y su hijo Francisco
Solano López dictadores del Paraguay entre 1841 y 1870, o Juan Manuel de Rosas
que gobernó en Argentina cerca de veinte años. Si consideramos que estas
dictaduras mancharon el republicanismo en Hispanoamérica, el Poder Moderador
del emperador manchó el constitucionalismo y la representatividad en Brasil. La
crítica a Brasil es que se intentaban formas republicanas y liberales cuando
todo el esqueleto institucional era monárquico y conservador.
El peligro de descentralización
estuvo latente también en la América lusitana, durante el periodo de la Regencia
(en ausencia de un monarca o caudillo fuerte en Brasil) y como consecuencia de
las revoluciones autonomistas que explotaron en las provincias, el ministro
británico sugirió al gobierno brasileño la separación del país en 4 repúblicas:
Gran Pará, el Nordeste, Brasil (San Pablo-Rio de Janeiro y el Oeste) y las
provincias del Sur (con Rio Grande do Sul a la cabeza). Sugerencia que sólo se
quedó en ideas.[18]
Fernando Leal. La epopeya bolivariana. 1930. México.
En el círculo de Simón Bolívar, Sucre,
los rio platenses, el encargado británico para os asuntos sudamericanos y
ciertos políticos brasileños se consideró la idea de republicanizar todo el
continente. Se pensó en una campaña armada en contra de Pedro I encabezada por
Simón Bolívar y compuesta por elementos de varios países, incluyendo a los
brasileños para eliminar todo rastro monárquico y esclavista de Sudamérica. Desafortunadamente
las diferencias entre el grupo insurgente en 1824 y las guerras internas en los
países olvidaron este proyecto.[19]
Hispanoamérica
esclavista
Con la ola
revolucionaria en las colonias españolas en América apareció una de las
consecuencias más aterradoras para las clases privilegiadas (al igual que en
Brasil): las revueltas de esclavos. El miedo al desorden social resultó de la
idea de que toda revolución en contra de la autoridad real o a favor de la
independencia venía seguida de la subversión del orden social establecido, de
la acción de declarar a todos los hombres libres. Los antecedentes se remitían
a la Revolución Francesa en Europa, con la dictadura de la plebe en las calles,
y a la revolución en Haití en América, cuando, por orden de Napoleón, se
suprimió la abolición de la esclavitud los haitianos reivindicaron su libertad,
mataron a todos los hacendados blancos y proclamaron su independencia.[20]
En
los lugares donde se empleó la mano de obra esclava, como en Cuba, Santo
Domingo, algunas regiones de América Central, las costas de Colombia,
Venezuela, Perú, y Uruguay, donde los propietarios de tierra brasileños
introdujeron esclavos, las ideas libertarias y las revoluciones fueron
rechazadas por los propietarios o los sectores privilegiados, quienes no
buscaban alterar el orden colonial ni los privilegios sociales. Por eso, no se
libertó a los esclavos cuando se revolucionó el Nordeste brasileño con tintes
republicanos en los años en que la revolución hispanoamericana tuvo mayor
alcance, 1817 y 1824. Bolívar fue un caso especial como propietario de haciendas
y esclavos, pues sólo después de 1815 cuando recibió la ayuda de los haitianos liberó
a sus esclavos, no antes. Con todo, sus ideas avanzadas sobre la emancipación de
los esclavos hallaron serios obstáculos en todos los lugares donde la promovía:
Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.
Aunque
fue en México y Chile donde se declaró la emancipación de los esclavos de la
mano de la independencia, en esos países el número de esclavos era reducido en
comparación a las otras regiones. En Chile fue retenida la ley que abolió la
esclavitud ante la negativa de una gran cantidad de propietarios que no querían
liberar a sus esclavos domésticos, lo que derivó en otras formas de servidumbre
como el inquilinaje. En México, el
proceso fue tedioso. En la región de Córdoba, donde había un considerable
número de esclavos, la esclavitud se erradicó hasta 1826-1829 a pesar de la
independencia y de la aplicación de la Constitución de Cádiz en 1812.[21] Y
continuaron existiendo formas de discriminación racial y peonaje hasta bien entrado el siglo XX.
En
la desembocadura del Rio de la Plata, la Asamblea Nacional de Buenos Aires
dictó una ley en 1813 para liberar a todo esclavo que pisara el territorio de
las Provincias Unidas. Pero la presión de la Corte brasileña y del agente
inglés modificó la ley para evitar que los esclavos de súbditos brasileños
huyeran hacia Argentina, limitándose a prohibir únicamente el tráfico de esclavos.[22]
Fue el dictador Juan Manuel de Rosas quien hasta 1841 dio libertad y expresión
a las comunidades negras de Buenos Aires.
De
acuerdo con John Lynch la esclavitud sobrevivió en Hispanoamérica por un tiempo
considerable aún después de la independencia. En Paraguay, el estado poseía
esclavos en sus estancias aunque abolió la esclavitud hasta 1842. La trata de
esclavos en Venezuela fue abolida con la primera república en 1811, pero la
esclavitud continuó existiendo, el Congreso de Cúcuta dictó una ley de
manumisión en 1821 pero carecía de fuerza para aplicarla, y la abolición se vio
retrasada hasta 1854 por la renuencia de los propietarios a perder su mano de
obra y ante el temor de las revueltas negras. Cuando en marzo de 1828 el
general mulato José Padilla rebeló negros en Cartagena contra el gobierno de
Bolívar y quiso llevar la rebelión a una cuestión racial, fue ejecutado
inmediatamente. Los casos de Perú y Bolivia son significativos al respecto,
sólo abolieron la esclavitud alrededor de 1855, por el miedo a dejar sus
tierras sin cultivo en el primer caso, y por no querer liberar el servicio
doméstico en el segundo.[23]
De
modo que sólo en casos específicos la total emancipación de los esclavos tuvo
mediano éxito, pues persistió la discriminación racial y otras formas de
esclavitud, es decir, la revolución de independencia no fue acompañada totalmente
de la liberación inmediata de los esclavos. En Brasil, José Bonifacio procuró solucionar
la esclavitud en 1823 con un proyecto de ley sobre la emancipación dirigido a
la Asamblea Constituyente, pero fue relegado.[24] El
sistema esclavista del sur de los Estados Unidos, al igual que en Brasil, instauró
un régimen de clases, una aristocracia sin títulos nobiliarios, configurando
poderosamente su economía, las relaciones raciales, la política, la religión y
la ley. La influencia de la esclavitud fue tan perniciosa que «nada ni nadie
escapaba» de ella. Hasta el fin de la Guerra de Secesión fue que los Estados confederados
se integraron a la Unión Americana y lograron la emancipación.[25] Lo
anterior no significó que se acabara la discriminación racial.
En
el caso de Brasil las fechas importantes fueron 1850, año en que se prohibió el
tráfico e introducción de esclavos al país por la presión exterior británica.
1871, cuando se dictó la ley del Vientre Libre que liberó a los hijos de las
esclavas. Y 1888, cuando finalmente se abolió con la Ley Áurea. La abolición
acarreó el rompimiento de los hacendados con el gobierno monárquico abriendo la
puerta a la proclamación de la república. La emancipación de esclavos en toda América
significaba un acto revolucionario y osado porque legalmente despojaba a un propietario
de sus bienes, lo cual inevitablemente traía consigo un cambio en la estructura
económica, política y de los derechos sociales, de ahí la resistencia de los
grupos esclavistas privilegiados y el retraso de la total liberación de todos los
esclavos en América.
Brevemente
hacemos notable esta comparación porque Luiz de Alencastro sustenta la tesis de
ser la esclavitud, protegida y legitimada por el Estado imperial brasileño, la
razón que mantuvo la unidad territorial y auspició la disposición de las
oligarquías regionales para perpetuar la unidad de las posesiones portuguesas en
América, aunque este autor no estaba pensando en comparar su tesis con el caso
hispanoamericano.[26]
También
Boris Fausto y José Murilo de Carvalho señalan que la esclavitud es la razón
más fuerte para entender la integración, unidad y permanencia de las provincias
brasileñas alrededor del régimen monárquico en oposición a Hispanoamérica, pero
ahora podemos poner en duda esta argumentación. La bandera de la liberación de
los esclavos condujo a la guerra civil en Estados Unidos y a la proclamación de
la república en Brasil, en Hispanoamérica llevó a cierta transformación del
orden social, pero mantener la esclavitud aún después de la independencia no
implicó necesariamente la unidad de los antiguos virreinatos, ni de los estados
de la Unión Americana y poco menos de las provincias brasileñas. Durante la
separación como república del estado de Rio Grande do Sul del resto de Brasil (1835-1845)
no se alzó la bandera de la liberación de los esclavos.
Guillerme
Neves atribuye a la esclavitud el entorpecimiento de la construcción de la
nacionalidad brasileña y el obstáculo para la concreción del liberalismo. Para
explicar la tardanza de la emancipación de los esclavos en Brasil invoca al
amplio tejido del poder privado imperante y la falta de difusión de la
enseñanza, el ancho de los habitantes recurría a la tradición oral para
informarse y era evidente la falta de cultura escrita en ellos. Esta carencia
de cultura escrita impidió el desarrollo de un pensamiento crítico que reducía
estratégicamente a los grupos instruidos y evitó la participación de los
estratos más bajos en la vida pública, con ello se bloqueó la inversión del
orden social, una preocupación latente del Imperio portugués a raíz de la
Revolución Francesa.[27]
Aunque
esto mismo que acabamos de leer también lo podemos aplicar a las condiciones
socio-políticas de los países hispanoamericanos, Sérgio Buarque de Holanda señala
que la impresión de libros y, por consiguiente, la cultura escrita era mayor en
México y Perú que en Brasil en lo que va del siglo XVI hasta 1808, cuando la
imprenta fue introducida en Rio de Janeiro por Juan VI. Holanda habla de ello
para demostrar que España fue más rígida en el adoctrinamiento de sus colonias
que los portugueses y vincula el establecimiento de universidades con el propósito
de afianzar la cohesión de los americanos en cada una de sus partes.[28]
Una
notable diferencia de la independencia de Hispanoamérica con la del Brasil es
la mayor participación en el proceso del ancho de la población. Porque, como
señala Leslie Bethell, la revolución en la América portuguesa fue conservadora,
no contó con la movilización de las fuerzas populares y no atravesó por la
conmoción social.[29]
Advirtamos que los tránsitos políticos significativos en el Brasil, como la
independencia, las revoluciones liberales del siglo XIX, la proclamación de la
República, la Columna Costa-Prestes, la Revolución de 1930, a excepción de la
transición democrática de los ochenta, han carecido del componente
multitudinario que identifica a los demás países del continente cuando se
encuentran en situaciones parecidas. Esta suerte de participación
multitudinaria se dirige tal vez hacia otros canales de expresión en el pueblo brasileño,
por ejemplo, el carnaval o el futbol (aunque hubo gran descontento popular durante
las manifestaciones multitudinarias antes de la Copa Confederaciones y del
Mundial de Futbol en Brasil en 2014).
¿Hispanoamérica
más radical que Brasil?
En el supuesto
de que el movimiento de independencia hispanoamericana fuese uniformemente
radical en todos los países, adjudiquémosle los siguientes objetivos: 1.
Liberar a toda América del dominio español, 2. Obtener la igualdad de
oportunidades entre europeos y criollos o mazumbos
(ibéricos nacidos en América), 3. Instaurar regímenes republicanos, 4. Hacerse
cargo de sus propios destinos y, 5. Hacer de todos los americanos hombres
libres.
De
todos estos objetivos el primero se alcanzó con duras consecuencias, fue un
gran logro ganarle la libertad a España, aunque Cuba consiguió su independencia
hasta finales del siglo XIX y República Dominicana y Puerto Rico demoraron más.
En comparación, Brasil también consiguió desprenderse de Portugal, pero tuvo
que pagarle una indemnización. El segundo objetivo también se alcanzó, al final
de la independencia los criollos fueron los principales beneficiarios del
reacomodo político, aún más, con la expulsión de muchos españoles, los criollos
se hicieron del gobierno y los privilegiados en Hispanoamérica. A pesar de que la
injerencia comercial de los portugueses continuó siendo predominante en Brasil
después de la independencia, la dirección del gobierno pasó a manos de los brasileños
a partir de la Regencia.
Para
librarse de España, Hispanoamérica aprovechó la militarización de finales del
siglo XVIII y se esforzó por establecer la forma republicana como gobierno,
aunque México y Haití experimentaron al principio la monarquía. En cambio, a consecuencia
del fin de la guerra con Napoleón, llegaron más soldados portugueses a Brasil para
invadir la Banda Oriental (1817), se contrataron mercenarios europeos para la
guerra contra las Provincias del Río de la Plata (1825) y durante la Regencia se
creó la Guardia Nacional (1831), que dio fuerza a las rebeliones provinciales
del periodo regencial. De esta manera, Brasil se vio envuelto también en el
problema de la militarización a partir de su independencia sólo que sus señores
propietarios, dueños de haciendas o comandantes del ejército no quisieron, no
pudieron o no tuvieron razones para convertirse en caudillos de mayor envergadura
política para derrocar a la monarquía y convertirse en dictadores republicanos.
El
republicanismo en Hispanoamérica, a pesar de sus ideales democráticos y
representativos, se vio opacado por la elevación de caudillos a la calidad de
dictadores y, en la mayoría de los países, la elite política dirigente no
consideró apto al pueblo para llevar a la práctica los ideales liberales y las
virtudes republicanas, con esta idea de que la independencia sólo cambió a la
clase dirigente en el poder, mientras que en Brasil esa clase se aglutinó alrededor
de la monarquía. En Hispanoamérica no existió un árbitro político como lo fue
Pedro II, que confería el gobierno de sus gabinetes a una de las dos facciones políticas
opositoras y evitaba la lucha entre liberales y conservadores. Si en Brasil
persistió este régimen monárquico como garantía de integración y estabilidad
política, el régimen dictatorial-republicano en Hispanoamérica procuró dar
solución al caos regional, la inestabilidad política y el desorden social con sus
formas centralizadas, autoritarias y verticales de ejercicio del poder de los caudillos
fuertes.
El
cuarto objetivo vislumbraba un provenir halagador para América, pero ofreció
una falsa ilusión: la de ser todos los países ricos en recursos y contar con un
futuro prometedor a raíz de la independencia. Lo que no percibieron los dirigentes
era que la dinámica de extracción de la riqueza fue construida por y para beneficio
de la metrópoli. España montó los canales administrativos, políticos y
económicos en tres siglos de extracción que con la independencia y la lucha de
facciones políticas se alteraron o favorecieron a los sectores privilegiados y los
agiotistas. El resultado fue la ausencia de una buena administración,
despilfarro de recursos y malversación, llevando a todos los nuevos países a
solicitar préstamos con Gran Bretaña. El representante de las Provincias Unidas
del Río de la Plata, Tomás de Iriarte, fue testigo de las deudas contraídas por
las recién naciones independientes, cuando estuvo en las reuniones con
representantes de estos países en Londres en 1824 narró lo siguiente:
Los Estados de América […]
contrajeron deudas que, según fui informado privadamente, jamás podrán cubrir
[…], el capital de la deuda contraída [con Inglaterra] por la República de
México es de 7 200 000 libras esterlinas, el de Colombia de 6 700 000, Chile 1
000 000, Perú 1 600 000 [siendo que de esta cuantía “la mayor parte pertenecía
al general San Martín, Protector do Perú”] y Brasil de 12 millones.[30]
Es
posible pensar que el pago de los intereses de estas deudas atrasaron o
impidieron el desarrollo de estos países, pues sólo vieron resultados
económicos hasta finales del siglo XIX y principios del XX.
El
último objetivo de la liberación no se alcanzó plenamente, y aquí existe un
punto de contacto con la conservación del sistema esclavista en Brasil. En los
lugares donde los esclavos eran numerosos la abolición de la esclavitud
encontró fuerte oposición, ya fuera por temor a las revueltas de contenido racial
como había sucedido en Haití, Venezuela y Colombia, o por temor a perder la mano
de obra. Fue hasta la segunda mitad del siglo XIX que todos los países
abolieron la esclavitud (los últimos en hacerlo fueron Cuba en 1886 y Brasil en
1888), pero la existencia de vínculos y endeudamientos entre patrón y
trabajador todavía a principios del siglo XX en diversos países rememoraban el
sistema esclavista, por ello podemos decir que la independencia en Iberoamérica
no fue sinónimo inmediato de la emancipación de los esclavos.
Conclusiones:
el conglomerado iberoamericano
Si Gran Bretaña
impuso las nuevas reglas del dominio imperialista en el mundo del siglo XIX fue
porque adecuó su poderío naval para hacer eficaz y válida la imposición de su
comercio, introducir sus manufacturas a los nuevos mercados americanos y para prohibir
el tráfico de esclavos formalmente en 1845. Este predominio imperialista
conllevó implícitamente a la difusión de una ideología hegemónica que lo justificaba
o glorificaba, una ideología que también halló eco en las logias masónicas y se
reflejó en la promoción del republicanismo, la adopción de políticas liberales,
el favoritismo comercial con Gran Bretaña (y cultural con Francia), medidas
indispensables para «entrar en la civilización». Ese pensamiento se infiltró
rápidamente en las clases dirigentes americanas o en la idiosincrasia de los
líderes insurgentes de la independencia en América, pues ofrecía la posibilidad
de recibir ayuda económica británica.
Los
propósitos cardinales de las sociedades secretas eran la lucha por la
independencia de las colonias americanas y la instauración de formas
republicanas de gobierno (por el éxito de la república en los Estados Unidos),
y aunque se minimice la influencia británica en estas sociedades, lo cierto es
que masones americanos recibieron el beneplácito de masones de Londres y
Filadelfia, ciudades donde tenía importantes contactos la logia del venezolano
Francisco Miranda, difundida por toda la América española y Brasil.[31]
Brasil
tenía cierta afinidad política con el régimen monárquico constitucional de Gran
Bretaña, además del auxilio prestado desde 1808 para trasladar a la Corte portuguesa
al Brasil y los tratados comerciales que firmaron como consecuencia de ello. El
peso de los lazos comerciales y de afinidad con Gran Bretaña influyeron en
Bolívar para evitar confrontar y republicanizar al Brasil.[32]
En
cuanto a la lucha de facciones no debemos extrapolar el conservadurismo
exclusivamente a los realistas o a los reaccionarios, ni el liberalismo a los
insurgentes o masones, es preferible ver un espectro de colores, de modo que hubo
conservadores profesando ideas liberales como liberales adoptando posiciones
conservadoras. La lucha de facciones parece más encarnizada en Haití e
Hispanoamérica que en Brasil, Estados Unidos o Europa, por eso se habla de una
región más inestable y revolucionaria en comparación con el “estable” imperio
de Brasil o la armónica república de los Estados Unidos. Pero estos dos países
pasaron por momentos críticos de dispersión e inestabilidad, Brasil durante
poco más del periodo de la Regencia, de 1831 a 1848 y en 1889 cuando al abolir
la esclavitud se propició la caída de la monarquía, y los Estados Unidos en
1861, cuando once estados esclavistas se separaron del Norte después de las
decisiones de Lincoln y crearon dos países: la Unión y la Confederación.[33]
Al mismo tiempo, debemos destacar que la lucha política de facciones se
manifestó también entre liberales y conservadores en Portugal, España, Francia
y en el Parlamento inglés durante buena parte del siglo XIX.
Es
verdad que en ciertas cuestiones de cultura política y tradiciones cívicas son
conglomerados diferentes, pero los procesos políticos post-independentistas por
los que atravesaron los países hispanoamericanos son muy parecidos a los de
Brasil. Pero Estados Unidos y los países de Europa occidental, al optar por el
régimen liberal para sus Estados nacionales de finales del siglo XIX, con
oligarquías o grupos burgueses en el poder e instituciones liberal-democráticas,
convergen en un sistema político similar que podríamos llamar Mundo Occidental
liberal. Este triunfo liberal es producto de la alineación de estos países al
sistema-mundo capitalista de finales del siglo XIX, aunque no es tan
descabellado pensar en una conspiración mundial de la masonería para lograr
este cometido. Lo que distingue en última instancia al conglomerado
iberoamericano de los Estados Unidos y Europa, es su particular camino político
en el proceso de la constitución de sus Estados nacionales después de la independencia.[34]
Concluimos
que Brasil e Hispanoamérica compartieron ciertos rasgos políticos en el devenir
de sus procesos de independencia, aunque a primera vista parecen tan diferentes.
El propósito de desprenderse de sus respectivas metrópolis por el cual inició el
movimiento se vio realizado, y el enfrentamiento entre peninsulares y criollos
tuvo su equivalente en Brasil con la pugna entre portugueses y brasileños. En
lo que respecta a la instauración de una república, Brasil demoró más tiempo que
sus vecinos en instaurarla, pero la conformación de gobiernos fuertes y
centralizados, con un caudillo-dictador a la cabeza en vez de un monarca
soberano, fue el rasgo característico que buscó el orden y la estabilidad en
las repúblicas de habla hispana.
Hispanoamérica
y Brasil compartieron una lucha de independencia seguida de una lucha de
facciones, entre liberales y conservadores, de donde emergió la batalla entre los
proyectos federalistas y los centralistas. Esta lucha de facciones imprimió la
imagen de ser los países americanos anárquicos e inestables ante los
inversionistas ingleses principalmente, pero al Mundo occidental “civilizado”
en general. Las guerras endeudaron a estos países y los orillaron a solicitar
préstamos, originando la dependencia económica y fortaleciendo el imperialismo informal británico. Las fricciones entre
Brasil y los países vecinos hispanoamericanos se centró entonces en la
demarcación y adquisición de los respectivos territorios fronterizos, la
hegemonía en la región del Río de la Plata y la consolidación de la monarquía, amenazada
por el contagio revolucionario republicano y las guerras civiles, que exteriorizaban
un cuadro de inestabilidad y secesión. Estas son las peculiaridades que dieron
su sentido a la comparación clásica tradicional entre la independencia de
Brasil y la de Hispanoamérica.
El objetivo de este trabajo no consiste en demostrar que la revolución en Hispanoamérica falló, o que el modelo de independencia brasileña fue más exitoso en cuestión de integridad. Tampoco igualar ambos regímenes, el republicano con el monárquico, como si estuviesen al mismo nivel. Consiste en atender a las comparaciones que contrastan los procesos y matizan adecuadamente rasgos particulares que marcan diferencias. Atender también a las diversas y combinadas tendencias políticas de la época, pues existieron esclavistas tanto en la Hispanoamérica revolucionaria como republicanos extremos en el Brasil monárquico. El trabajo desea equiparar las dos independencias y aproximar ambos procesos, comparar sus resultados y poner en tela de juicio el clásico cotejo histórico de ambas, para observar que Hispanoamérica y Brasil no son tan diferentes como podrían parecer. Sobre todo, este trabajo busca ser preámbulo para posteriores trabajos que analicen el proceso de independencia a partir de estas correlaciones.
Notas:
[1]
FAUSTO, Boris. História Concisa do
Brasil, 1ª reimp. São Paulo: EdUSP, 2002, p. 100.
[2]
PIMENTA, João. Estado e nação. São
Paulo: Hucitec, Fapesp, 2002, p. 52.
[3] BETHELL,
Leslie, “La Independencia de Brasil”. En BETHELL (Ed.). Historia de América Latina. Barcelona: Editorial Crítica, 2000. T.
5: La Independencia, p. 172.
[4] CARVALHO, José Murilo de. A Construção da Ordem, a elite política imperial. 2ª ed. Rio de
Janeiro: Editora da UFRJ, Relume-Dumará, 1996, p. 12. Cuando este
autor habla de las 18 capitanías generales que tenía Brasil en 1820, se
confunde con las Juntas Guvernativas
instaladas por orden de las Cortes de Lisboa, eran provincias que unidas
constituían el Reino del Brasil establecido por Juan VI en 1816, y ya no
capitanías.
[5] CARVALHO, José Murilo de. A
Construção da Ordem, a elite política imperial. 2ª ed. Rio de Janeiro:
Editora da UFRJ, Relume-Dumará, 1996, p. 61-62.
[6] ALAMILLA
Rodríguez, José Alfredo. La Real
Universidad de México: de las reformas borbónicas a la independencia de México,
1749-1821. Tesis de Maestría en Historia. México: UNAM, 2012, p. 96-99.
[7]Cfr., FAGUNDES, Morivalde Calvet. A maçonaria e as
forças secretas da revolução. 2ª ed. Rio de
Janeiro: Editora Aurora, s. a.
[8] NEVES, Guillerme. História,
Teoria e variações. Rio de Janeiro: ContraCapa, 2011, p. 46, 150-158.
[9] Véanse sus biografías en VAINFAS,
Ronaldo (dir.). Dicionário do Brasil Imperial
(1822-1889). Rio de Janeiro, Editorial Objetiva, 2002.
[10] Sobre
peregrinaje, ANDERSON, 1997: 88-89. Y cualificaciones técnicas, lealtad al
emperador, ejecución de deberes y perspectiva futura en la carrera política
como formas de entrenamiento de la burocracia imperial, CARVALHO, 1996: 33-37 y
144.
[11]
HOLANDA, Sérgio Buarque de. Raízes do
Brasil, 26ª Ed. São Paulo, Companhia das Letras, 1995, p. 98.
[12]
FAUSTO, Boris. História Concisa do
Brasil. 1ª reimp. São
Paulo: EdUSP, 2002, p. 78-79.
* Sin olvidar que en el Nordeste
brasileño cierta tradición historiográfica considera a la expulsión de los
holandeses en el siglo XVII como el origen de los sentimientos patrióticos
nativos, por no decir nacionalistas, de los pernambucanos o brasileños
incipientes.
[13] LYNCH, John. Las revoluciones hispanoamericanas,
1808-1826. 4ª ed. Barcelona: Editorial Ariel, 1985, p. 269.
[14] PRADO Jr., Caio. Evolução
Política do Brasil. 7ª ed. São Paulo: Editôra Brasiliense, 1971, p. 58 y
64-77.
[15]Cfr., artículos 101 y 165 de la Carta Otorgada
de 1824 en ALMEIDA, Fernando Mendes (org.). Constituições do Brasil. 3ª ed. São
Paulo: Edição Saraiva, 1961, p. 22-23 y 36.
[16] LYNCH, John. Las revoluciones hispanoamericanas,
1808-1826. 4ª ed. Barcelona: Editorial Ariel, 1985, p. 81, 197-198, 126-130, 161-165,
275-276 y 282.
[17] BREÑA, Roberto.
El primer liberalismo español y los
procesos de emancipación de América, 1808-1824, una revisión historiográfica
del liberalismo hispánico. México: El Colegio de México, 2006, p. 332-336.
[18] Véase MONTEIRO, Tobias. História do Império: A elaboração da Independência.
São Paulo, Editora da Universidade de São Paulo, 1981.
[19] Véase MELLO, Arnaldo
Vieira de. Bolívar, o Brasil e nossos vizinhos do Prata (da questão de Chiquitos à
Guerra da Cisplatina). Rio de Janeiro: Gráfica
Olímpica Editôra, 1963, p. 166-169.
[20] KLEIN, Herbert.
La esclavitud africana en América Latina
y el Caribe. Lima: IEP, 2008, p. 261-268.
[21] NAVEDA
Chávez-Hita, Adriana, “El nuevo orden constitucional y el fin de la abolición
de la esclavitud en Córdoba, Veracruz, 1810-1825”, en DE LA SERNA, Juan Manuel
(coord.). De la liberación y la
abolición, Africanos y afrodescendientes en Iberoamérica. México: INAH,
2010, p. 211.
[22] SILIONI,
Rolando. La diplomacia luso-brasileña en
la Cuenca del Plata. Buenos Aires: Editorial Rio-platense, 1974, p.
166-167.
[23] LYNCH, John. Las revoluciones hispanoamericanas,
1808-1826. 4ª ed. Barcelona: Editorial Ariel, 1985, p. 134, 177, 251-252,
297, 309 y 323-324.
[24] BONIFÁCIO de Andrada. José. Projetos para o Brasil. São Paulo: Companhia das Letras, 1998, p.
47-48.
[25] FONER, Eric. Reconstruction.
America´s Unfinished Revolution,
1863-1877. New
York: Harper and Row, 1989, p. 2.
[26] Lo señala FERREIRA, Gabriela Nunes. Centralização e descentralização no Império.
São Paulo: Departamento de Ciência Política da Universidade de São Paulo,
Editora 34, 1999, p. 39-40.
[27] NEVES, Guillerme Pereira das. História, Teoria e variações. Rio de Janeiro: ContraCapa, 2011, p.
48-50.
[28] HOLANDA. Raízes
do Brasil. 26ª ed. São Paulo: Companhia das Letras, 1995, p. 119-121.
[29] BETHELL, Leslie, “La
Independencia de Brasil”, en BETHELL, Leslie (Ed.). Historia de América Latina. Barcelona: Editorial Crítica, 2000, p.
202-203.
[30] MELLO, Arnaldo Vieira de. Bolívar, o Brasil e nossos vizinhos do Prata (da questão de Chiquitos à
Guerra da Cisplatina). Rio de Janeiro: Gráfica Olímpica Editôra, 1963, p.
152, 154 y 156. Traducción nuestra.
[31]Cfr., BARROSO, Gustavo. História
Secreta do Brasil. Rio de Janeiro: Civilização Brasileira, 1938. 3 v.
[33] FONER, Eric. Reconstruction. New York:
Harper and Row, 1989, p. 2.
[34]Cfr., WALLERSTEIN, Immanuel. El moderno sistema mundial II, el
mercantilismo y la consolidación de la economía-mundo europea, 1600-1750.
México: Siglo XXI Editores, 1984.
En mayo de 2018 Neón (ex alumno de la Preparatoria 8) y Mofur grafitearon una pared en Periférico Sur cerca de la Sala Ollin Yolitztli, dentro de las actividades del 6º Congreso Transdisciplinario “Estéticas de la calle, diversidad y complejidad en el graffiti como práctica cultural-urbana”, que organiza la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). Una pinta más. La cuestión fue que también rayaron una frase significativa: «¡Avelina Lésper me la pelas»!, aludiendo a la polémica crítica de arte mexicana que tiene una maestría de Historia de Arte en una universidad de Polonia, que publica en el periódico Milenio, entre otros, y cuenta con videos en youtube donde critica acérrimamente al arte contemporáneo (y con mucha razón). Por azares del destino Avelina se tomó una foto junto al graffiti y el 11 de julio invitó en su blog al grafitero a un diálogo sobre la finalidad de esas “pinturas”, de las diferencias de calidad y de si es arte urbano o vandalismo.
La crítica de arte Avelina Lésper es de la idea de que esas pintas no son arte, que son vandalismo y además son una grosería (por aquello de “me las pelas”). Pero la cuestión es que Avelina todavía piensa en términos del sistema moderno de arte y desde “las técnicas clásicas: pintura, escultura y grabado” (suponemos que arquitectura también). Por eso es muy importante señalar que ese sistema moderno de arte, originado en el siglo XVIII y culminado en el XIX, ya se acabó, está en agonía o esperando una resurrección en un tercer sistema de arte, como nos dice Larry Shiner en La invención del arte. Para este autor hay una primera forma de entender el arte desde la antigüedad hasta incluso el inicio del Renacimiento, y un segundo momento, el sistema moderno de arte, ese que nos “hace ver” cultural e institucionalmente que el cuadro de Eduard Manet, Almuerzo en la hierba (1863), es el parámetro de la obra de arte de la pintura de caballete, sin igual e insuperable, por decir un ejemplo.[1]
El arte ha atravesado por un proceso de transformación considerable desde principios del siglo XX, por lo menos desde la corriente del dadaísmo y cuando la Primera Guerra Mundial expresó la decadencia de la sociedad occidental del siglo XIX. Lo cual se trasladó al arte por aquello de la obra La fuente que Marcel Duchamp firmó como R. Mutt en una exposición en Nueva York en 1917. «Esto no es arte» podría ser la frase para hacer referencia a la obra de Duchamp, en alusión y alterando la pintura de René Magritte: “esto no es una pipa”. La obra La fuente marcó el inicio de una serie de objetos de la vida cotidiana presentados como “arte” en exposiciones, objetos que llegaron a denominarse ready-made. Es importante señalarlo porque Avelina Lésper ha mencionado que los ready-made no son arte, cuando en realidad ya son historia dentro de la historia del arte y expresan lo que podríamos denominar signos de decadencia de nuestro tiempo.[2]
Veamos, los valores artísticos aristocráticos y decimonónicos de observar, decir y concebir qué es “arte”, que están concebidos desde el sistema moderno de arte, se fueron por el mingitorio, como La Fuente de Duchamp. El nihilismo moderno y la pérdida de ciertos valores de la sociedad del siglo XIX que anunciaba Friedrich Nietzsche se cumplieron, la sociedad occidental está en decadencia y el arte concebido desde el siglo XIX ha muerto como parámetro de directriz actual. En donde podemos estar de acuerdo con Avelina Lésper es en esa crisis por la que atraviesa el arte contemporáneo, en que esos canales institucionales en donde el museo y la academia, como espacios de arte omnipotente, han acaparado «lo que debe ser arte», encerrando el arte en espacios sólo comprensibles para una élite, un grupo, una intelligentia que «sabe observar y entender el arte». Espacios donde los artistas tienen un poder abominable, inclusive los críticos de arte, y tienen nombre y apellido.[3]
Después de la Segunda Guerra Mundial y con la Guerra Fría, esos espacios han privilegiado lo que Avelina Lésper denomina arte VIP (video, instalación y performance, esto último por aquello de la tendencia que marcó Yves Klein con su performance antropometría, 1960). Expresiones que tanto han hecho dudar al público y críticos sobre qué es arte y confrontado nuestra percepción de arte que nos inculcó el sistema moderno de arte.Pero en ese proceso por el que ha atravesado desde principios del siglo XX, los conceptos de arte y de obra de arte han cambiado y se han ampliado, al punto que existe un arte callejero, Street art, que figura en los manuales y textos sobre historia del arte.[4]
En el Street art no expropian tu consciencia (emplando palabras de Lésper), si quieres lo ves o no lo ves, pero no lo puedes ignorar, es decir, es inmanente. Se manifiesta y se presenta en la calle, un lugar común compartido, no encerrado como en los museos, cualquiera puede opinar y ser partícipe de él. Porque dice Carlos Oliva en El fin del arte que el arte contemporáneo está muerto porque no está socializado, porque la comunidad ya no es partícipe de él: «El arte ha llegado a su fin [porque] no es más un acto del que participemos [todos] y cada uno sino sólo aquéllos que se forman culturalmente para acceder a la develación estética»[5]
Pero el arte callejero lo hace y, además, raya en la provocación tanto al sistema moderno de arte como al arte contemporáneo oficial, por eso es grosero y transgresor, y el espectador lo puede ver desde una posición diferente, no ya desde la posición del museo con sensores de movimiento, luz tenue, abierto a ciertas horas, algunas veces cobra la entrada, institucionalmente aprueba qué es arte y qué no, y que busca aislar a la obra en salas con paredes neutras, blancas, para que no existan distractores entre el espectador la obra.[6] El arte callejero surge de los vándalos de las calles, por eso se le define como vandalismo, surge como contestación a la sociedad, raya en lo prohibido (al «prohibido pintar aquí» responde con «prohibido prohibir»). Todo acto vandálico se define como una acción que destruye la propiedad pública, pero en el entendido de que la sociedad occidental atraviesa por una etapa de decadencia, entonces este arte vandálico estaría por lo menos iniciando la destrucción de esta sociedad decadente: «nuestra llamada cultura [occidental] llevaría gran parte de la culpa por la miseria que sufrimos, y podríamos ser mucho más felices si la abandonásemos para retornar a condiciones de vida [un poco] más primitivas».[7]
El arte callejero no es solamente el graffiti, también se manifiesta a través del stencil (plantillas) y los stickers (impresiones auto-adheribles). Expresiones como el hip-hop también lo son, porque abarca música (pistas), canto (rap, rimas, lírica), baile y graffiti. Sin embargo, la definición de arte callejero también se ha ampliado, porque incluso ingresa el skateboarding (patinar), las señas de las bandas o pandillas, los malabares también, el arte circense, u obras como la Escalera de Selarón en el barrio de Lapa, Rio de Janeiro, todo lo cual crea nuevos lenguajes y desarrolla ideas, lo que lleva a un ejercicio cognoscitivo (elemento tan importante para Avelina Lésper a la hora de conceptualizar el arte). Para hacer un graffiti hay que tener talento y entrenamiento, no cualquiera lo hace bien (he ahí una diferencia de calidades). Esa historia del arte institucionalizada del siglo XIX que buscaba el progreso para distinguir el mejor empleo o desarrollo de una técnica, qué obra estaba mejor o peor realizada, qué tan bien imitaba la naturaleza, se agotó. Esa historia progresiva quedó limitada ante el vanguardismo, porque ya no hubo parámetros para distinguir qué era mejor, un cuadro abstracto, uno primitivista, infantilista o uno cubista comparado con uno renacentista, lo único que lo distingue es su historicidad. Dice Larry Shiner: «Hoy en día, cuando nos preguntamos ¿esto es realmente arte? Ya no queremos decir ¿es un producto humano o natural? Sino más bien ¿pertenece a la prestigiosa categoría del arte bello?»[8] Y una aseveración más incluyente es la que propone José Jiménez cuando cita a Dino Formaggio: «Arte es todo aquello que los hombres llaman arte».[9]
El graffiti transgrede incluso como una crítica a la crítica de arte, porque “me la pelas” quiere decir también «no me importa lo que pienses de mí», con lo que se cierra el diálogo a menos que rayes encima (lo que se llama pisar) o que respondas con lírica, rimas. El arte contemporáneo está en crisis porque la sociedad está en crisis desde por lo menos la Primera Guerra Mundial, y lo que menos necesitamos es un sistema de arte excluyente, suficiente discriminación trajo la Segunda Guerra Mundial. Y el arte callejero lo podemos hacer todos, está presente en el espacio público y obviamente es anónimo, no hay «firma del autor» que distinga un Da Vinci de un Rafael, sólo una “placa” o el apodo y ya. No importa qué tan “bueno” seas (en la supuesta diferencia de calidades), porque otro vendrá y te pisará, el reconocimiento no está en esos canales institucionales de arriba, de poder, el reconocimiento viene de abajo, se le gana entre la banda y lo da la banda, la calle. En ocasiones, el graffiti te da la oportunidad de llegar a ver el proceso que lleva realizarlo. Esas manifestaciones reivindican el arte como una acción humana, pública y socializante, porque puede ser compartido por todos, por ejemplo, gracias a los canales de las redes sociales, por el cual Avelina Lésper divulgó la foto del graffiti y pudo ponerse en contacto con los autores de la pinta. Esa democratización de los medios es un fenómeno inevitable, ahora todos tienen un micrófono a través de una red social, nos dice Avelina Lésper. Estas expresiones “artísticas” pueden ser hechas por cualquier miembro de la sociedad. Esta democratización de las opiniones y las expresiones no sólo tienen que ver con el intercambio de imágenes y de información, sino con la educación y el arte. Porque el modelo de aprendizaje de conocimientos de la escuela, la academia y las universidades ha sido trastocado, ahora la circulación de los saberes y de las técnicas han cambiado debido a la descentralización y la diseminación del saber, dicen dos autoras: «No es que vaya a desaparecer la escuela, sino que ahora tiene que convivir, competir con un cúmulo de “saberes-sin-lugar propio”. El aprendizaje ya no está ligado solamente a una edad, un tiempo [ni un espacio] determinados».[10]
El arte tiene que salir de las escuelas y el arte de la calle tiene que ingresar a las escuelas, como experiencia de aprendizaje, como aquella vez que se organizó un ejercicio de pintas de graffiti al interior de la Preparatoria 8 en 2017, donde participó Neón, y tal vez por ahí se empiecen a llenar los huecos que el arte contemporáneo nos provoca.
Citas:[1] Larry Shiner, La invención del arte, Barcelona, Paidós, 2004, p. 24-27.
[2] La alusión al vanguardismo y al dadaísmo es de Eric Hobsbwan, Historia del siglo XX. Barcelona, Crítica, 2001. Capítulo VI: las artes 1914-1945, p. 183.
[3] En alusión a la entrevista que le hicieron a Avelina Lésper, en youtube: Diálogos de arte/Avelina Lésper, última consulta julio 2018.
[4] Puede verse en el libro de Sam Phillips, Ismos para entender el arte moderno, España, Turner, 2013, p. 136.
[5] Carlos Oliva Mendoza, El fin del arte. México, UNAM: FFyL, Itaca, 2010, p. 23.
[6] El museo como el recinto que “contiene arte” y la noción de “el cubo blanco” se puede leer en Johan Idema, Cómo visitar un museo de arte, Barcelona, Gustavo Gili, 2016, s/p. Y la idea de que el museo mata el arte en Hans Belting, La historia del arte después de la modernidad, México, Universidad Iberoamericana, 2010, p.127-130.
[7] Sigmund Freud, El malestar en la cultura, Madrid, Alianza Editorial, 2007, p. 84.
La preparatoria (o el bachillerato) es el mayor pasatiempo de la población juvenil que la estudia, es caro y con el mayor gasto de energía para la sociedad y el país. La gran mayoría de los conocimientos adquiridos son enciclopédicos, no tienen aplicación directa y/o eficaz en la vida, poco inciden en la sociedad y se olvidan a la hora de dedicarse a ganarse la vida. Saber de biología, lógica, geometría analítica, historia, etcétera, a nivel preparatoria, sólo enriquece el nivel de cultura general y en la mayoría de los preparatorianos ni siquiera eso: de todos los niveles educativos, el mayor índice se reprobación se encuentra en el nivel medio superior (o sea, el bachillerato), con un 56.7 en CDMX según Karina Aviles en su artículo “El índice de reprobación en el bachillerato llega a 37.4 %: INEE”, en La Jornada del 14 julio 2006: http://www.jornada.com.mx/2006/07/14/index.php?section=sociedad&article=050n2soc
Y el 42% de los preparatorianos reprueban o la abandonan según Lilian Hernández en su artículo “Batallan más en la UNAM para acabar la prepa”, en Excélsior del 1 de noviembre 2015:
En la mayoría de los informes de la Escuela Nacional Preparatoria (ENP) las materias más reprobadas son matemáticas, física, química, biología, inglés e historia.
Aumentar la cultura general poco sirve en los empleos para jóvenes con preparatoria. Lo que sirve es estar estudiando la prepa o haberla acabado, porque les da acceso a empleos en el área de ventas y servicios: empleados de cine, comida rápida, café, venta de ropa o mercancías, llamadas telefónicas, etcétera, a excepción de las opciones técnicas o los bachilleratos con carreras técnicas (y aún así, es bajo el porcentaje de los egresados que entran de lleno al mundo laboral): en EUA, Canadá y puede aplicarse muy bien para México, se ha multiplicado el sector de servicios como fuente de empleo en las ciudades, y esas empresas empleadoras prefieren contratar a jóvenes estudiantes porque son empleos inestables, mal pagados y con disponibilidad de tiempo, aclara Naomi Klein en su libro No Logo, México, Booket, 2014, p. 278-286.
Debido a la inseguridad y a la violencia que impera en México, en la capital y su área metropolitana, la prepa es un centro de reunión y de socialización para los jóvenes. Sin embargo, debido a la existencia de grupos porriles ni siquiera las prepas son lugares exentos de violencia. Tomemos en cuenta también que las nuevas generaciones tienden a permanecer en casa viendo películas, series por internet o televisión de paga, interactuando más a través de sus celulares en redes sociales o con sus consolas de videojuegos (la contingencia por covid-19 ha aumentado esto). La gran mayoría de los que sale se reúne en plazas comerciales o en la escuela, por eso, la prepa es un punto más de reunión que realmente de estudios. Muchos preparatorianos y sus padres de familia piden el regreso a clases cuando hay paros o huelgas, pero al volver a clases lo primero que vemos es a algunos alumnos a las 7 de la mañana jugando en las mesas de ping-pong, en las canchas de deportes y otros buscando ver a sus amigos, porque no tienen otros espacios públicos para hacer eso, excepto ese. Se han reducido los espacios para que los jóvenes puedan socializar. Los padres de familia sienten que sus hijos pierden el tiempo cuando hay paros o huelgas, pero se les olvida que mucha información se encuentra disponible en internet y pueden estudiar desde los celulares caros que les compraron, o simplemente no los quieren en casa de ninis (porque sienten que ni estudian ni trabajan).
Durante el ciclo escolar, una gran mayoría de los estudiantes quieren “matar clase” (que no haya clase), no hacen bien las tareas o no las entregan, no llegan puntualmente a la primera clase de la mañana, han reprobado una o dos materias, y asisten más a la prepa por presión social y familiar que por una atracción y dedicación exclusiva al estudio. La prepa es el lugar donde se ven con los amigos, donde pueden estar mientras sus padres trabajan, es una forma de entretenerlos en una opción de 2 turnos: el matutino que va de las 7 a las 14 horas aproximadamente y el vespertino que va de las 14 a las 21 horas aproximadamente, y con un gran número de asignaturas (alrededor de 36 en 3 años), tareas fuera de clase, y cada una con un listado temático de alrededor de 20 contenidos de conocimientos y prácticas (el 85% de los cuales son conocimientos enciclopédicos sin incidencia material o tajante en la vida). La falta de interés por parte de alumnos puede deberse a factores como el sobrecupo en las aulas, y en los profesores que imparten, por los bajos salarios o desilusión por la falta de interés de los alumnos, léase “Profesores de bachillerato de la UNAM trabajan en condiciones precarias y con bajo salario” escrito por la redacción de SDPnoticias.com del 9 de mayo 2018:
La otra cuestión por la cual se busca egresar de la prepa es para pasar a la universidad, porque sin un certificado de prepa no se puede concursar para ingresar a una universidad. Pero de la gran cantidad de conocimientos enciclopédicos adquiridos en la prepa son los del área de conocimiento del último año los que sirven en la carrera, aunque muchas veces es en la licenciatura donde se aprende casi todo de nuevo o se adquieren los conocimientos importantes para la vida laboral. La vida académica empieza propiamente con la licenciatura, la prepa es de chocolate. Entre 2015 y 2017 trabajé en un curso de preparación donde los jóvenes se aprendían de memoria las respuestas correctas del examen para ingresar a la UNAM, razón que explica porque hay concursantes que responden bien todos los aciertos del examen, esos estudiantes no son inteligentes, sólo tienen buena memoria.
¿Y qué cantidad de estudiantes terminan su licenciatura? Según el Portal de Estadística Universitaria, la población de licenciatura en la UNAM en el ciclo 2016-2017 fue de 205 648, y el número de egresados de licenciatura en ese ciclo fue de 22 766. ¿Y de ese porcentaje cuántos trabajan en su área laboral? En el artículo de Emir Olivares de La Jornada del 25 de marzo de 2013, se hizo una muestra representativa en 20 000 jóvenes, y resultó que el 46% de ellos cuenta con empleo permanente (sin especificar si correspondía con su área profesional):
¿El objetivo del modelo educativo universitario es hacer que toda la población estudie la universidad y tenga un título? No estoy en contra de que todo el mundo se eduque y se prepare bien, mucho menos estoy a favor de que la educación sea para pocos, pero estamos obligando a nuestra juventud a hacer cosas que no tienen propósito en la vida ni crean valores sociales factuales. ¿Qué va a pasar cuando todos tengamos títulos universitarios? ¿De dónde saldrán los albañiles, las servidoras domésticas, los empleados de servicios, etcétera? ¿De provincia? Pero provincia persigue ser como la capital y su modelo educativo universitario. ¿Los sacaremos del campo? Cuál campo, la gran mayoría migra a las ciudades y a la capital en busca de mejores condiciones de vida, que sus hijos “vayan a la universidad”. ¿Los sacaremos de los inmigrantes centroamericanos? ¿Dónde los alojamos y qué calidad de servicios nos ofrecemos? Y peor aún, tenemos licenciados, maestros y doctores que no saben saludar, ni redactar, escribir, trabajar, y que siguen siendo racistas, machistas, discriminadores, pro-fascistas, abusivos, prepotentes, corruptos, etcétera, ¿de qué sirvió la cultura general o esa amplitud de conocimientos enciclopédicos de la prepa? De nada, la prepa es un pasatiempo. Mi maestro de historiografía general de la universidad, Rico Moreno, dibujaba en el pizarrón la bota de Italia al revés, de nada le sirvió geografía de la prepa, y su clase era muy buena a pesar de ello.
Un autor mexicano ya calculó los costos de insumo y beneficios del modelo educativo universitario, comparando campo-ciudad, y ha concluido que no resulta rentable para el país: «Nunca ha sido posible tener cualquier número de hijos que consuman lo que quieran, hasta la edad que quieran, aunque luego teóricamente vayan a producir mucho… En las culturas tradicionales el costo de un productor suele ser bajo y empieza a producir casi desde la infancia, y consume poco hasta que muere… producir un tecnócrata [o profesional con título universitario] requiere insumos costosos y un largo plazo de espera, al término del cual se tiene un margen [de producción] neto dudoso», del libro de Gabriel Zaid, El progreso improductivo, México, Contenido, 1991, p. 30-31.
El ingeniero que hizo su prepa y después se graduó en la universidad no emplea todos sus conocimientos para realizar su trabajo (si es que consiguió trabajo en su área laboral y no en una oficina del gobierno). Emplea los conocimientos de los últimos años de la carrera o de su especialidad (que serían el 10 o 20% del total de los adquiridos), sobre todo experiencias vividas desde su infancia por los padres o su familia. Si una persona adquiere bien los conocimientos matemáticos a nivel primaria y secundaria, puede dedicarse a estudiarlos y expandirlos a nivel superior, fortalezcamos la educación básica en vez de estarla evaluando: el chiste es aprender, no aprobar. Porque seamos sinceros, muchos de los conocimientos de la prepa son un refrito de los de la secundaria, y las chambas buenas se consiguen con palancas. Pero el sistema educativo nos pide un certificado de prepa para ingresar a la universidad. Carlos Slim estudió ingeniería civil en la UNAM, pero le sirvió mucho más la educación de su padre, que lo acostumbró a registrar todos sus gastos en una libreta, y se hizo millonario gracias a su tacto inversor y negociador, y a sus amistades y palancas políticas (Carlos Salinas) para comprar empresas paraestatales en quiebra a bajos precios, y esos conocimientos no los adquirió en la prepa.
¿Todos los preparatorianos queremos ser ingenieros o del área de matemáticas? No. Todos los demás usamos las matemáticas para dar cambio en una transacción de compra-venta y saber sacar tasas de interés. Eso mismo sucede con gran cantidad de conocimientos enciclopédicos que no tienen incidencia en la vida real. ¿Vale la pena el gasto de energía para hacer que los jóvenes asistan y pasen su tiempo en la prepa? ¿Vale la pena el gasto económico de sus padres, de la energía eléctrica del metro y las instalaciones de la escuela, de los hidrocarburos gastados en su traslado que contamina el aire que respiramos, del gobierno en becas de prepa, del gasto federal en bachillerato, del sueldo alto de los directivos y bajísimo de los profesores, del preciado tiempo de vida de los jóvenes que no retribuyen esa energía gastada a la sociedad y al ambiente?
«Lleva más tiempo adquirir la preparación necesaria para ganarse la vida. Los padres tienen que esperar más tiempo para recibir algún beneficio económico de sus hijos. Ahora la gente gana su salario como individuos aislados en fábricas u oficinas [o servicios]. La familia consume y su único producto son los hijos. El beneficio de criar hijos era para ayudar a los mayores en las crisis, ahora se han sustituido por seguros médicos, jubilaciones o asilos. Hay que disponer de dos [ingresos] para mantener un nivel [de vida] de clase media», dice Marvin Harris en Antropología cultural, Madrid, Alianza editorial, 2005, p. 136-137. La prepa es un pasatiempo caro.
Se me dirá que la educación es una inversión a largo plazo y sin resultados tangibles inmediatos, pero hoy en día la universidad es la mayor fábrica de desempleo. El país no puede ni cuenta con la infraestructura para darle trabajo a todos los egresados de administración de empresas, contabilidad, derecho, medicina, ciencia política o comercio que se titulan de todas las universidades (sólo un reducido porcentaje de privilegiados tiene acceso a altos puestos). ¿Entraremos a inflar la nómina burocrática del gobierno? Hoy en día crece el número de personas con títulos de maestría y doctorado pero que no tienen empleo, tienen que dedicarse a otra actividad para ganarse la vida y muy pocos salen del país (la “fuga de cerebros”), ¿en qué retribuimos a la sociedad toda esa energía gastada y los costos destinados en nuestra preparación? ¿La solución es crear o construir más universidades para darnos trabajo a todos e inflar el modelo universitario para que todos tengamos un título universitario? ¿Quién trabajará en el área de servicios que tanto demanda esta sociedad? ¿Traeremos gente de países más pobres para darles esos empleos, con la esperanza de que sus hijos salgan adelante algún día y “vayan a la universidad”? ¿Incrementaremos el gasto total de energía de la sociedad sin retribuirlo? La prepa (y la universidad) es el pasatiempo que en nada retribuye el gasto de energía que se invierte en ella. Léase el artículo de Daniela Barragán “Licenciado, maestro o doctor…no garantiza empleo ni buen salario”, en SinEmbargo del 25 de febrero 2018:
¿Qué propongo entonces? Una idea muy radical y por lo mismo utópica: emplear toda esa juventud (hay un total de 37 504 392 adolescentes en México en 2016 según INEGI, y 642 383 jóvenes en bachillerato en 2017 según la SEP), una enorme fuerza de trabajo chaquetera y hormonal. Toda esa energía destinarla de entre 4 a 6 horas de lunes a viernes a trabajo remunerado o no y sin coerción, para producir alimentos (tenemos que comer) en huertos, azoteas verdes, el campo, cosechas o ganadería; para confeccionar ropa, calzado y mochilas (el Occidente cristianizado nos obligó a vestirnos bajo el pretexto del abrigo); para producir energía (necesitamos prender la luz, calentar agua, mover el metro y comunicarnos por celular) con bicicletas y aparatos de gym voltáicos, para que al mismo tiempo se ejerciten, estén en forma y produzcan electricidad; y a producir manufactura y manualidades (armado de computadoras, celulares y otros dispositivos, trabajos de carpintería, albañilería, plomería, bisutería, etcétera).
¿Qué es lo más importante de aprender en la pubertad y la adolescencia? Experiencias (la experiencia es una forma de conocimiento), y qué mejor manera de adquirir experiencia que con el trabajo que retribuye y hace mover a la sociedad y a la comunidad con su energía, y además se les enseña a trabajar y a ganarse la vida. Y todos esos artículos y mercancías bajarían de precio, serían más baratos y dinamizarían el mercado. El resto del día y sus fines de semana los pueden dedicar a sus pasatiempos favoritos o a adquirir conocimientos enciclopédicos: tener novia, hacer amigos, tocar la guitarra, formar una banda de rock, patinar, jugar futbol en equipos profesionales o no, pintar, bailar, leer (muchos) libros, escribir poesía, hacer un periódico o una revista, hacer cine, estudiar matemáticas avanzadas, salvar animalitos en el bosque o perros de la calle, filosofar sobre la existencia, deprimirse, ver las nubes pasar, ser felices socialmente conscientes, etcétera, que cada quien haga lo que más le guste y de forma académica o no, continuar trabajando de esa manera y quien lo desee que ingrese a la universidad una vez llenada una cota de retribución de energía. Pero todos con conocimientos factuales, teóricos y experiencias bien cimentadas, transformando los espacios de estudio y esparcimiento (escuelas y trabajo al mismo tiempo):
«Es posible abolir el trabajo y reemplazarlo con multitud de actividades “libres”…Podemos recortar masivamente la cantidad de trabajo que se hace, Paul y Percival Goodman estimaron que sólo el 5% del trabajo que se hace bastaría para cubrir nuestras necesidades mínimas de comida, ropa y techo, porque la mayor parte del trabajo que se hace hoy en día es inútil. Hemos de tomar el trabajo útil que queda y transformarlo en un agradable pasatiempo parecido al juego (lúdico) o a la artesanía, que no se puedan distinguir de otros pasatiempos placenteros. Entonces todas las barreras artificiales del poder y la propiedad se vendrían abajo. La creación se convertiría en recreación. Y podríamos dejar de vivir temerosos los unos de los otros», sintetizando lo que dice Bob Black en La abolición del trabajo, 1985, del sitio: https://www.inventati.org/ingobernables/textos/anarquistas/Bob%20Black%20-%20La%20Abolicion%20Del%20Trabajo.htm
No necesitamos mil médicos ultra especializados y un enfermero, ni mil ingenieros y un albañil. Necesitamos que los albañiles sepan la teoría que emplea el ingeniero y que el ingeniero sepa hacer la chamba del albañil, para eso hay que «dar y recibir, tal es la vida humana, cada quien es autoridad dirigente y cada quien es dirigido a su vez, por tanto no hay autoridad fija y constante, sino un cambio continuo de autoridad y de subordinación mutuas, pasajeras y voluntarias» dice Mikail Bakunin en Dios y el Estado, España, Diario Público, 2009, p. 39. Pero al sistema no le interesa esta idea loca, las sociedades industriales prefieren desperdiciar y consumir más energía de la que puede producirse y retribuirse, lo cual nos lleva inevitablemente a la destrucción. Estamos mandando a las nuevas generaciones y a nuestra juventud a un futuro incierto, y todos caminamos directamente al vacío. La prepa es un pasatiempo.