Hoy día la ciencia es el paradigma de todo conocimiento, como parámetro desde el cual tenemos certezas de la realidad que nos rodea y del más allá, y es muy difícil que alguna forma de conocimiento lo sea si no está condicionado o avalado por este adjetivo de “científico”. Creemos que la ciencia es imparcial, objetiva, neutral, tolerante, humanista, democrática, mundial, justa y buena, por así decirlo, y no podemos reprocharle nada porque está “científicamente” comprobado.
En realidad, la ciencia tiene un punto de partida geopolítico que está determinado histórica, cultural e ideológicamente, y ese punto es Europa, pero no toda Europa, sólo algunos centros de radiación que podríamos denominar Occidente (después se traslada a Estados Unidos, a la URSS con la Guerra Fría y a China actualmente, pero sigue siendo occidental). Por eso mismo, la ciencia es eurocéntrica, imperialista, arbitraria, competitiva, hegemónica y de hombre blanco, y por consecuencia, parcial y subjetiva.
Si quisiéramos hacer ciencia, ser científicos, debemos contar con una serie de privilegios para lograr nuestro propósito de manera más fácil y sin tantos esfuerzos. Mentira aquella propaganda que apela al esfuerzo y el mérito individual de personas de clases bajas que llegan a trabajar en la NASA, se apoyan en infinidad de lazos socio-económicos precarios. Si naces en India, por el proceso de colonización británica que atravesó, hay más ventajas para acercarse al inglés (la lengua del imperio, la lengua de la ciencia), hay que subir por las pirámides jerárquicas de la educación, las becas, los tutores, los proyectos y los institutos científicos, hasta llegar a un centro geopolítico de emisión y producción de la ciencia. Hay que lambisconear un poco. La motivación del “avance” de la ciencia es el poder.
Si naces indígena en América, hay que aculturalizarse occidentalmente, pensar en inglés, leer a los teóricos occidentales (y periféricos que dependen del centro de emisión de la ciencia) para poder hablar de tú a tú con otros colegas. Ser aceptado en los programas de experimentación científica, publicar en las revistas indiciadas, escribiendo uno o más artículos científicos al año sin importar si hay “avances” o innovaciones concretas. Porque no se puede hacer ciencia desde el conocimiento indígena ancestral, la ciencia no puede provenir de grupos étnicos papúes de Nueva Guinea por ejemplo, ni de los chiítas de Irak, de los mursis de Etiopía, ni de los mapuches de Chile-Argentina, ni de los innuits de Groenlandia, a menos que se occidentalicen. La ciencia no es democrática ni mundial, difícilmente está al alcance de todos y está culturalmente determinada.
Occidente pretende rastrear hasta los filósofos naturales de la Grecia antigua el origen de los principios científicos, como afirma Isaac Asimov en su libro Los griegos de 1965: «Tales de Mileto especuló sobre la constitución del universo, su naturaleza y origen. En su primer supuesto afirmó que no había dioses ni demonios involucrados, sino que el universo opera por leyes inmutables. Y en el segundo supuesto sostuvo que la mente humana, mediante la observación y la reflexión, podía conocer [y entender] esas leyes. Toda la ciencia, desde la época de Tales, parte de estos dos supuestos». Pero no puedo olvidar las clases de mi maestro, el filósofo Eduardo Ceballos Uceta, cuando nos señalaba que el umbral de la ciencia como la conocemos o el punto de partida de su desarrollo moderno podemos encontrarlo hacia el siglo XVII en Europa, cuando inicia una supuesta separación entre ciencia y religión, como proponía el laicismo temprano de Tales de Mileto.
Justo estos primeros “científicos” del XVII eran sacerdotes o seminaristas de teología. Las primeras universidades de Europa eran religiosas, cristianas, no había forma que fuera de otro modo, no existía la educación laica. Copérnico, quién describió las órbitas de los planetas y las elipses que trazan alrededor del Sol donde éste ocupa uno de los focos, era sacerdote. Galileo venía de un convento y fue sometido por la Inquisición para que se retractara de las “leyes inmutables de la naturaleza” que había descubierto. El universo era obra del Dios de los cristianos y ellos “descubrían” las leyes que lo regían por medio de la razón, otorgada por ese mismo Dios, y no podía ser el dios de los musulmanes (¡qué blasfemia estoy diciendo!) y mucho menos podía ser obra del dios Ra que los antiguos egipcios pensaban había creado el universo, tampoco de los dioses que se reunieron en Teotihuacán para crear de nuevo al mundo, esos eran mitos de infieles. Nada más arbitrario que el cristianismo como idiosincrasia que influyó en los cimientos de la ciencia.
Irónicamente, siguiendo el razonamiento del filósofo inglés que refuta la noción de progreso, el profesor de Oxford y Harvard, John Gray (el conocimiento hegemónico sigue teniendo un centro emisor), señala «hasta qué punto el concepto occidental de progreso y su visión lineal del tiempo y de la historia [de peor a mejor] son deudores del cristianismo» (en Misa negra, la religión apocalíptica y la muerte de la utopía, 2017). Pero en otro texto reitera que el mundo moderno se creyó la fábula, el cuento de hadas, de la creencia de que el progreso es irreconciliable con la religión, cuando la ciencia moderna abría un camino de luz frente a la época oscura: «la fe en el progreso es un vestigio tardío del cristianismo primitivo y se remonta al mensaje de Jesús del anuncio del fin de los tiempos [yo lo ubico en el momento en que triunfó la idea del Juicio Final en la tardía Edad Media y el milenarismo]. Para los antiguos egipcios, como para los antiguos griegos, la historia humana se encuadraba en los ciclos de la naturaleza. Lo mismo ocurre en el hinduismo y el budismo, en el taoísmo y el sintoísmo. Al crear la expectativa de un cambio radical en los asuntos humanos, el cristianismo ˗la religión que Pablo se inventó˗ fundó el mundo moderno» (de su libro El silencio de los animales, sobre el progreso y otros mitos modernos, 2018). Es imposible que un corpus como la ciencia esté libre de influencias, pero la raigambre cristiana occidental influye en la ciencia al formar parte de esta misma noción de progreso.
La ciencia responde a la eficacia de causa-efecto que permite multitud de actividades humanas y que no necesariamente tienen nada de científicas. Si todos los seres humanos en distintas partes del mundo fabricaron arcos y flechas, es porque respondían a una manera eficaz de cazar. El chamán que curaba, seguía esta dinámica de causa-efecto y cuando no funcionaba su magia la comunidad lo mataba o lo exiliaba, sirve o no sirve. Del mismo modo que las teorías científicas que descubren las leyes mutables de la naturaleza, se desechan o se les ponen parches cuando no explican la realidad. A las tesis newtonianas de la física se le hicieron adecuaciones cuando los experimentos de la física moderna no eran congruentes con ellas. El ya citado Isaac Asimov explica que tuvo que desecharse la teoría de la existencia del éter cuando ya no respondía a las observaciones de la realidad, en Breve historia de la química (1965), es decir, respondía a la eficacia: se usa hasta que funcione, lo cual no tiene nada de científico.
Sin embargo, como la ciencia se ha vuelto el paradigma (usando el concepto de Thomas Kuhn de su libro La estructura de las revoluciones científicas) pareciera que todo debe y puede tener una explicación “científica”, se busca aplicar la física, las matemáticas, la química o la multi-disciplina a toda nuestra realidad. Antes eran un apéndice de nuestra visión y relación con el mundo, ahora el mundo está contenido en la ciencia, el mundo se ha vuelto un apéndice del conocimiento científico. En ese sentido podemos hacer una analogía con la crítica que hace Miguel Amorós del capitalismo y el crecimiento de las ciudades: «Ya no podemos hablar propiamente de la ciudad del capital puesto que el interés del capital no radica solamente en la metrópolis, sino del territorio del capital, porque el capital ha ocupado totalmente el territorio [la naturaleza], haciéndolo soporte de todos sus equipamientos, actividades económicas e infraestructuras [extrayendo de él todos los insumos]», del libro Cénit y ocaso (materiales para una crítica de la ideología del progreso), 2016.
Y es que sucede que la historia del progreso de la ciencia como la conocemos va de la mano de la historia del capitalismo, conforme éste se va constituyendo como el régimen que determina (casi) todas las relaciones y actividades humanas, aquélla se iba consumando como el parámetro de toda explicación y conocimiento del universo. Así lo presenta en su investigación Francisco Serratos con su libro Capitaloceno (2020), el padre francés del racionalismo, René Descartes, propició la separación entre naturaleza y sociedad (individuo) «según la cual el hombre ˗blanco, europeo, liberal y rico˗ reduce a la primera a un mero objeto de estudio cuyos secretos son revelados por un proceso racional [pero devastador] para poder controlarla».
Aún más, para Descartes este control se hace a través del método científico, y no es casualidad que este pensador escribiera durante el siglo XVII, en que Holanda inicia su despegue comercial y depredador por el mundo (traficando esclavos de Angola a Brasil para hacer monocultivos de caña de azúcar, destruyendo el bioma de la mata atlántica, y llevando diabetes temprana a toda Europa en cientos de barcos construidos con la tala de los bosques), acelerando la acumulación primitiva (términos de Marx) del capitalismo incipiente. Y todo ello apoyado en métodos de una ciencia económica (el incipiente liberalismo) que dictaba la extracción de mayores beneficios y rendimientos.

Ahí no acaba la indagación de Francisco Serratos que, basándose en los autores Moore y Patel, afirma que el racionalismo de Descartes influyó en Francis Bacon para quien «la ciencia ˗el hombre˗ debe escarbar, abrir, explorar, penetrar, diseccionar el “útero de la naturaleza” para poder entenderla, explotarla y dominarla. El sometimiento de la mujer es fundamental para el capital desde el momento en que, de su trabajo doméstico y su control natal, se extrae una plusvalía». No es casualidad que Bacon escribiera en un momento en que inicia la explotación del carbón, de la minería como ciencia moderna. «El pensamiento racional fundado por Descartes, Bacon, Harvey y Newton, quienes sentaron las bases de la Revolución Científica en los siglos XVI y XVII, propulsó las innovaciones tecnológicas que comenzaron a tener un impacto ecológico [perjudicial]». Serratos no es nada alentador cuando escribe: «cada evento de nuestro evolución ha tenido un impacto en la naturaleza».
“Es que no podemos juzgar a la ciencia por los usos que le han dado”, ya oí la defensa que me replican. La ciencia parte de esos mismos usos, contrargumento. Tampoco es que neguemos sus aportaciones (estamos inmersos en su razonamiento de aproximación a la realidad) ni la puesta a nuestro alcance de los conceptos básicos científicos que nos da la educación popular, pero de ahí a todos ser partícipes de su “progreso” y ejecución es otra cosa. Como en la Edad Antigua, en la Edad Media, en el Anáhuac o el Tahuantinsuyo, pocas personas estaban vinculadas con los conocimientos “superiores”, porque respondían a los intereses, necesidades y deseos de las clases ricas, de las clases poderosas y de los gobernantes. La ciencia del siglo XIX estuvo a merced del patrocinio de las empresas coloniales e imperialistas de las potencias. Someter a las leyes de la geografía, realizando exploraciones en África, contribuyeron a su reparto. Los estudios antropológicos eran racistas, ¿quién podría decir que sobre esos cimientos no reposan los actuales?

Quiero contribuir a la humanidad con mis aportes científicos pero mi condición de sometimiento salarial me obliga a trabajar para el Estado o la iniciativa privada, termino desarrollando mejores sistemas de seguridad y de defensa (la Cúpula de Hierro de Israel, escudos anti-misiles). Toda la propaganda en revistas culturales, científicas, en artículos de intelectuales y hombres de ciencia que pagaron los Estados Unidos durante la Guerra Fría (como menciona Josep Fontana en Por el bien del imperio, 2011), su propaganda mediática, para hacernos creer que la llegada a la Luna era un “gran paso para la humanidad”, un avance de la ciencia, en realidad respondía a una competencia ideológica y bélica por la conquista del espacio frente a la URSS: la Guerra de las Galaxias, poner satélites en órbita para vigilar al enemigo. Después vino la Guerra Digital, la creación de las computadoras y el internet para vigilar mejor al enemigo.

En este esquema no podemos seguir creyendo que la ciencia es imparcial y objetiva. Con la Primera Guerra Mundial se demostró cómo la ciencia y la tecnología se pusieron al servicio de la guerra, inventando y produciendo más y mejores armas para aniquilar seres humanos, sin dejar de lado el inicio de la guerra bactereológica, aunque sus antecedentes los podemos encontrar en las cobijas y ropas infectadas con enfermedades que los europeos regalaban a los indígenas para diezmarlos. ¿Alabaremos las guerras mundiales que nos trajeron los submarinos, el radar, el papel aluminio, las anfetaminas, los walkie-talkies, el internet, etcétera? La ciencia y la tecnología no actuaban autónomamente, movidas por sentimientos humanitarios y justos, se hizo a costa de la muerte de millones de personas. Si Einstein no participó en el Proyecto Manhattan por las implicaciones morales que conllevaba, no por ello la física dejó de avanzar y desarrollarse para crear bombas atómicas y energía nuclear, este genio era coherente con su fe: “Dios no juega a los dados”, pero los humanos sí, y nada más irracional que los juegos de azar.
En el caso de la ciencia médica, la influencia del emporio Rockefeller es algo ya conocida. Hacia principios de siglo XX se descubrió que varios componentes podían derivarse del procesamiento del petróleo. De manera que Rockefeller buscó la manera de suministrar productos farmacéuticos y medicinas a los médicos y las instituciones de salud. Fue así como la formación de los futuros médico se enfocó en el estudio de la farmacología, descuidando áreas como nutrición o fitoterapia, como llama la atención Adolfo Lozano en su artículo “Cómo las farmacéuticas destruyeron la medicina” en LibertadDigital (19/10/2011). De modo que la ciencia médica responde a intereses económicos. La idea es menguar los síntomas de una enfermedad, no atacar la causa misma. El caso de miles de estudiantes que ingresan a la carrera de medicina (u odontología), se les pregunta en público porqué desean estudiar y responden que quieren ayudar a la gente. En realidad aspiran a subir la pirámide socio-económica, es una carrera vista como un medio de movilidad social, de lo contrario los precios las consultas, estancias y tratamientos de la salud privada no serían altísimos. La salud cuesta, entonces hay un falso altruismo, porque en realidad se lucra con la salud de las personas, llevando el ámbito de la salud a la dinámica del capitalismo.
El paradigma imperante de la ciencia es el siguiente: “de acuerdo con un artículo científico”, “según un estudio científico realizado por la universidad…”, es difícil creer que la ciencia no está sometida a algún tipo de manipulación, que responde a algún interés o que es un campo no jerarquizado. Esta crítica de los valores de la ciencia se confunden con el “negacionismo”, la corriente que niega la verosimilitud del conocimiento científico (como cuando algunas personas cuestionan la certeza de las vacunas), cuando en realidad hay que reflexionar y buscar soluciones para que la ciencia se vuelva realmente accesible para todos y se desprenda de esos valores geopolíticos y económico-culturales que la vieron nacer.



























































