Con el recrudecimiento de la revolución en México, José Clemente Orozco se instaló en San Francisco, California, en 1917. Al pasar por la aduana de Laredo, Texas, la policía gringa le decomisó y destruyó cerca de 60 de los cien cuadros que llevaba consigo, porque «manchaban la pureza y castidad de Norteamérica y una ley prohibía introducir a los Estados Unidos estampas inmorales». Dos años más tarde, Orozco viajó y se instaló en Nueva York, donde visitó Coney Island. Quedó aturdido por la inmensa cantidad de bañistas que tomaban el Sol en su larga y ancha playa durante el verano.

Presenció los llamativos parques de diversiones de Coney Island, para entretenimiento de las masas neoyorquinas, como Steeplechase (que a finales del siglo XIX ya había creado el antecedente de lo que sería la Montaña Rusa), Dreamland (con montajes apocalípticos como “La caída de Pompeya” o “El fin del mundo”) y Luna Park (que iluminaba las noches con su multitud de agujas y altas torres). Se quedó impresionado por la “atracción” de las incubadoras, donde sobrevivían cientos de bebés prematuros en exhibición. La incubadora había sido idea del pediatra Martin Arthur Couney, que la presentó en la Exposición Internacional de Berlín de 1896, pero pegó en la mente del senador y promotor inmobiliario William Reynolds, quien la adaptó en Dreamland como atractivo. Muy probablemente las presenció también el escritor Aldous Huxley, que publicó su libro futurista Un mundo feliz en 1932, cuando habla de grandes cultivos de humanos.

Orozco trabajaba pintando las ojeras y chapitas de unos muñecos que se producían en serie, Cupides, en una fábrica en la que le pagaban miserables 10 dólares semanales, con los cuales difícilmente sobrevivía en la cara Ciudad que Nunca Duerme. Ahí lo encontró David Alfaro Siqueiros en 1919 cuando, en un viaje como agregado militar del gobierno de Obregón, pasó por Nueva York camino a Europa. Años más tarde, Orozco le recalcó que él había empleado la pistola de aire para pintar por primera vez, a lo que Siqueiros le contestaba que lo hacía únicamente para pintar figuritas de yeso y no para hacer obras de arte. El uso de la pistola de aire sería más trascendente para la historia del arte de lo que hasta entonces podría parecer.

En los años 20 el arte popular ya había enamorado a la capital mexicana y para los años 30 había inundado el mercado internacional de arte. José Vasconcelos (que coqueteaba con el fascismo) le dio gran impulso al muralismo mexicano como secretario de Educación Pública, con el deseo de educar al pueblo, y pronto quienes serían los tres grandes del muralismo (Orozco, Rivera y Siqueiros) empezarían a vender obra no sólo en México, sino también en Estados Unidos. A un año de presenciar el crash del 29 (el fin del mundo para muchos especuladores), Orozco pintó al fresco tres murales en una sala de la New School for Social Research en Nueva York. En Table of Universal Broderhood pintó a un afroamericano presidiendo una reunión, y en Struggle in the Occident se veía a Lenin presenciando un desfile, estos dos elementos hicieron que se suspendiera la contribución de los más ricos patrocinadores a la institución y la consiguiente polémica.

Diego Rivera montó una retrospectiva de su obra en el Museum of Modern Art (el MoMA) de Nueva York en 1931, que lo llevó un año más tarde a decorar el Instituto de Artes con sus Murales de la Industria de Detroit, financiado por los Ford. Pero fue Abby, la esposa del magnate John Rockefeller, vinculada con los círculos y el mercado del arte, la misma que conectó al escultor Lee Lawrie para la sobresaliente entrada de estilo art decó del edificio GE del Rockefeller Center, la que también incitó al artista mexicano para que decorara un muro de este gran proyecto inmobiliario, el cual gentrificaba aún más la ya de por sí cara Ciudad de los Rascacielos: «un centro comercial compatible con los altos ingresos que deberían generarse [para superar la Depresión]».

Matisse y Picasso habían declinado la invitación, pero Rivera la aceptó y pronto montó sus andamios para pintar Man at the Crossroads. Rivera era comunista de hueso colorado, había visitado la URSS y se disponía a traer el Kremlin a Nueva York, colocar una Plaza Roja en el Hudson, contradiciendo la pulcritud del principal arquitecto del Rockefeller Center, Raymond Hood, quien prefería los colores fríos y sobrios, el mexicano le imprimió una paleta de colores al fresco más viva a las paredes interiores. Era la primera vez que convergía la iconografía del realismo socialista (llevar el arte a los espacios públicos para las masas, educar al proletariado) que promovía la URSS y el realismo capitalista de los EUA (darle trabajo a los desempleados construyendo los grandes edificios para los ricos), porque el crash del 29 obligó a los gobiernos a tomar las riendas económicas de sus respectivos países. La famosa fotografía Almuerzo sobre un rascacielos de 1932, captó a los albañiles encargados de levantar el Rockefeller Center, recordemos que Rivera se consideraba a sí mismo como un proletario de la brocha.

Cuando se aproximaba la inauguración de su mural para el 1 de mayo de 1933, Día del Trabajo, Rivera destapó el rostro de Lenin, el líder principal de la Revolución Rusa, causando la indignación de muchos opositores al socialismo. Nelson Rockefeller, el heredero del magnate, le pidió que dibujara otro personaje, a lo que Rivera se negó rotundamente. Se anticipaba ya la Guerra Fría. Dos semanas después se le pidió al pintor y a sus ayudantes que bajaran de los andamios, se le dio un cheque al instante y se acordonó el lugar. Afuera del edificio Rockefeller la policía reprimía crudamente una manifestación de obreros y ciudadanos a favor del artista. Seis meses después se destruyó el mural, el capitalismo se daba el lujo de tirar a la basura una obra de arte, pero el Estado pos-revolucionario mexicano patrocinó al muralista un año más tarde para que lo reprodujera en el Palacio de Bellas Artes, ahora bajo el nombre de El hombre controlador del universo.

En 1930, Siqueiros fue invitado a dar clases de muralismo en la Chouinard School of Art de Los Ángeles, y como corolario había que pintar, indiscutiblemente, un mural. El muro elegido se encontraba al exterior, lo que dificultaba la demostración práctica de la clase teórica de pintura al fresco (fresco painting). La lluvia y el tremendo Sol que pega en California darían al traste con el material que debía amalgamar el muro (cal y arena) así como la pintura que debía imprimirse, la humedad es fundamental para realizar el fresco. Siqueiros llegó decepcionado con sus alumnos: «¡el fresco ha muerto!», gritó. Se rompía la cabeza para darle solución al problema. Consultó al arquitecto Richard Neutra, quien le recomendó preparar el muro con una mezcla de cemento blanco, pero el rápido secado de este material también desmerecerían la pintura al fresco. El eureka de Siqueiros fue recurrir a la pistola de aire y a la resina sintética, ambas industriales, para pintar en esas condiciones.

Ya para 1935, cuando Siqueiros impartió el Taller Experimental en Nueva York, del que Jackson Pollock fue alumno, expresó con más claridad el uso de estos materiales para hacer arte: «así como el óleo transformó el sentido plástico desde el Renacimiento hasta llegar a los trucos de los impresionistas», con la pistola de aire, el aerógrafo y el lineógrafo, empleados para pintar automóviles y demás productos en serie, se abrían «nuevas posibilidades estéticas». Con las pinturas industriales, lacas y resinas, se aprovechaba el secado rápido y la resistencia a la intemperie. Del uso de la pistola de aire a las latas de aerosol sólo había un paso, Siqueiros vendría a ser precursor del graffiti. No es casualidad que las primeras pintas, firmas, bombas y rayones en paredes, calles y vagones del subway, se dieran en Nueva York, de la mano del incipiente surgimiento del hip hop, manifestación contracultural de las calles.
Siqueiros quiso conocer las posibilidades de las pinturas industriales y consultó con el químico de la fábrica Nitro, Valspar Valentine. Aún más, se presentó ante el gerente de la Dupont, el fabricante industrial más grande de pinturas en ese momento, para que le patrocinara toda la pintura que planeaba usar en sus próximas obras. Muchos artistas se oponían al uso de estas pinturas industriales, consideraban que rebajaban la labor artesanal del “arte”, herramientas metálicas e industriales que no tenían nada que ver con lo artesanal del pincel y la paleta de óleo o acrílico. Diego Rivera lo acusó de venderse a la capitalista Dupont, cuando ciertamente el gerente se negó a regalarle pintura, le dijo que no necesitaba que artistas de todo el mundo usaran su producto, le bastaba con todos los automóviles, refrigeradores y demás objetos que coloreaban. Pero no se imaginó las ventas que hoy significan para Comex (y otros productores de latas) de pinturas en aerosol empleadas para graffitear las paredes de todas las ciudades del mundo. El maestro recurrió después al Instituto Politécnico en México para proveerse de pinturas industriales.
Lo cierto es que también Siqueiros era comunista, pero de corte estalinista, mientras Rivera era de corte trotskista y Orozco un ateo malhumorado. La acaudalada coleccionadora de arte y paranoica gringa de Santa Fe, Nuevo México, Alicia Mayer, corrió el rumor en el mercado del arte de que las obras que Siqueiros vendía a los ricos cambiaban de color, hasta desaparecer definitivamente, pues al ser comunista, de esta manera se vengaba de la «cochina burguesía». Brincos dieran muchos opositores de las pintas en las paredes para que desaparecieran de las calles, el street art llegó para quedarse y el muralismo mexicano tiene mucha culpa por ello. Las frases y cosas pintadas en los muros incomodan a mucha gente (sobre todo a las clases altas y/o conservadoras), al punto de hacer borrar o destruir esas pintas, esos murales, como hizo Rockefeller con Rivera. Después surgiría la generación de artistas de la Ruptura, propiamente hacia 1950, que se contrapondría a la herencia de estos tres grandes del muralismo, por considerarlos demasiado nacionalistas y, por ende, oficialistas, pero sus conquistas en los muros del vecino país del Norte dejaron huella.

Fuentes:
José Clemente Orozco, Autobiografía. México, Joaquín Mortiz/Planeta, 2002.
Rem Koolhass, Delirio de Nueva York. Un manifiesto retroactivo para Manhattan. Tr. Jorge Sainz. Barcelona, Gustavo Gili, 2004.
Alejandro López, “La historia del mural de Diego Rivera en el Rockefeller Center que fue destruido”, en Architectural Digest Magazine. México, 04/06/2020. Página de internet.
David Alfaro Siqueiros, Me llamaban el Coronelazo (memorias). Ed. Julio Scherer. México, Grijalbo, 1977.





























































